Segunda parte del Pregón de la Semana Santa de Granada 2012.
El reloj de la Real Chancillería marca los poderosos pasos del Gran Poder de Granada, cuando sale envuelto en un mar de lirios y plata de ese cofre y relicario de filigrana mudéjar, que es la iglesia de Santa Ana. Su soberano Poder va despacio, para apurar lentamente en su hombro el sabor amargo del precio de la Salvación. El aire ha suspendido su aliento y el Darro el llorar de sus aguas y el bosque de la Alhambra sus aromas y el Sol ha suspendido la tarde y el capataz su martillo y la Campana de la Vela su canto, por que el Gran Poder de Dios va despacio...muy despacio por Granada, cargado del leño santo. Toda la noche se ha trasformado en un bullicio incontrolado al filo de la calle Elvira, sones lejanos se esperan que anuncien la gloria hecha pena en una verde marea. Es que la Esperanza llega entre pucheros de seda.
La calle Elvira rebosa
por la placeta San Gil
porque llega la Esperanza
montada en los corazones
de esta Granada eterna.
ya no caben más miradas,
ya no caben más suspiros,
ya no caben más promesas,
ya no cabe más belleza,
ya tu palio se desborda
en mimos de plata y seda,
ya no caben sus varales,
que van llamando a las puertas,
que se abran de par en par,
para que salgan las gentes,
a ver pasar tu grandeza,
para que salga Granada,
a ver la Esperanza que llega.
¡Esperanza de las Esperanzas
eres Tú, la Esperanza nuestra!
Ya, la Semana Santa está a punto de abrirse, como el fruto maduro de la granada, para ofrecernos los rojos granos de la Pasión. El Miércoles Santo, es la vigilia expectante en la que ya nos entregamos, definitivamente, poseídos por el enigmático misterio de nuestra Semana Santa. Nuestras retinas ya están contagiadas y nuestros corazones fáciles para el arrepentimiento. En una inexplicable seducción ya se entregan, hasta aquellos que proclaman, que no les gusta la Semana Santa. Y corremos hacia la plaza de la Universidad, para ver salir entre las columnas del portentoso retablo marmóreo de los Santos Justo y Pastor a la antigua imagen de la Paciencia de Jesucristo, que procesionaban los negros y mulatos de Granada. Él medita, serenamente, ante su inmediata inmolación, el supremo tributo de Salvación, que ha de pagar con el vertido en la Tierra de su Preciosísima Sangre, que sólo y únicamente Él, el Hijo de Dios, puede verter para la eterna Redención de la especie humana. Y así, de forma callada y sencilla, lo llevan los estudiantes envuelto en el perfume de los tilos del Jardín Botánico al caer de la tarde; al caer de la tarde, lo arropa la estrechez castiza de la calle Fabrica Vieja; al caer de la tarde, nos embelesa con su cercana mirada meditativa. Virgen de los Remedios, los universitarios te han venerado desde el siglo XVI en la hermandad que fundaron para ti, alborozadamente, en la iglesia del Sagrario, donde aún permanece tu imagen letífica. Remedios te volvieron a llamar, Señora de adolescente presencia. Todo en ti es recato, todo es mesura en tu leve gesto aniñado y dolorido. Sólo tus ojos y tu boca son profundos pozos de duelo, donde guardas tanto dolor contenido. Granada te espera con impaciencia, para que exaltes sus calles con el granate clavel de tu presencia. Entonces, la campana de San Justo entonará un canto glorioso a dúo con el campanil del cercano monasterio de la Encarnación. Y en las Carmelitas, cae la tarde, la puerta no se abre; la impaciencia la plaza invade, y los faroles de la puerta cuelgan luceros en el aire, porque sale el Nazareno con su potente zancada a las ocho de la tarde.
A las ocho en punto de la tarde, un clamoroso silencio la invade, cuando sale el Nazareno con la cruz de mis pecados a las ocho en punto de la tarde. ¡Con qué poder nos arrastra Tu mirada! Qué faz morena y tan santa, enmarcada y recortada en el turbador filo de plata de la Luna.
Va camino de Granada
con su potente zancada
en silencio presuroso,
para no tener reposo,
hasta entrada la madrugada
y como acelerado dardo,
cual rayo que se desgarra,
está a punto la saeta,
sembrando la flor del cardo
el dolor en su boca abierta.
Y tras de sus recios pasos, lleva la pena serena de una Virgen granadina de clara hermosura y de singular belleza. Virgen de la Merced, perla de pálida aflicción, recogida en la venera refulgente de su paso de palio. Virgen de la Merced, no hay confín, ni en el cielo, ni en la tierra, que pueda encerrar tu cérea y blanca tristeza. Y al Calvario no vas sola, porque junto a ti, caminando va Granada.
Y junto a ti, las orquídeas
que florecen en tu paso;
y junto a ti la cera de los cirios,
que a tu compás van llorando;
y junto a ti, las estrellas,
que se ocultan sobre el palio,
para no ver tu quebranto;
y junto a ti, la oración,
que musitan nuestros labios;
y junto a ti, quejumbrosos,
los querubines alados,
que mecen tus candelabros;
y junto a ti, las promesas
de muchos desheredados;
y junto a ti, los inciensos,
penumbra celeste del paso;
y junto a ti, va Granada
y la bulla que se aprieta,
y que va detrás de tu manto;
y junto a ti, van tus lágrimas,
Siete Dolores de llanto,
Siete Dolores de pena,
que lastiman tu rostro santo.
Y en el Realejo, ecos de marchas nazarenas se cuelan por las callejas, cuando de San Matías sale la Paciencia Soberana de Dios, amarrada a la columna del Pretorio. ¡Despacio, costaleros, bajarlo despacio! ¡Que no sufra más quebranto! que es nuestro Dios Soberano, que lo llevan azotado. Que no sufra más quebranto en su espalda dolorida, donde la sangre siembra sus ácidos surcos de espanto. Y la Virgen de las Penas, lleva pena nazarena bajo el palio, herida su faz morena por el fulgor de los rayos rutilantes de los dolientes astros. ¡Ya no le cabe más pena, cuando mecida la asoman por la Calle de Varela!
En la calle de la Colcha y en Pavaneras, Granada espera el regreso de Jesús de las Tres Caídas, una de las pocas imágenes ligadas, probablemente, desde 1683, a nuestra Semana Santa y a la devoción granadina. Allí, en Pavaneras, se levantan los restos del convento de San Francisco, donde estuvo su capilla y sede de su antigua Hermandad de Jueves Santo y el primer paso de misterio, que sepamos de la Semana Santa antigua. El feroz centurión señala que ha de ir por la Colcha y Pavaneras, por donde las trompetas atruenan y por donde se aprieta Granada, que lo espera.
Y en la puerta de San Francisco tropieza, mientras las monjas del Carmen lloran su pena en la reja. Quisieran ser sus verónicas que enjuguen la sangre de su Santa Faz serena.
Y la voz varonil del centurión se encarna en la garganta del capataz, decretando, que el Cristo se ha de levantar, mientras la Verónica suplica.
¡Levantad a ese Nazareno!
No le dejéis caído,
dejad que le dé consuelo.
Mirad esos ojos apacibles,
de dulce mirada...
de rostro sereno...
!Levantad a ese Nazareno!
Granada te lleva en volandas, Santa María del Rosario, de ancestrales
devociones granadinas.
Ya viene el Rosario Santo,
envuelta en luz en su palio,
y al compas de sus varales,
se mueve el Santo Rosario.
Toda la luz de esta noche
aquieta todo su encanto,
y se aquieta hasta el viento,
que deja llorar el canto
de la saeta que hiere
la luz de su rostro santo.
Y se aquieta hasta el aliento
de las llamas de los cirios,
que crepitan bajo el palio,
porque todo palidece,
cuando llega ante mis ojos,
tan hermosa la Señora,
Madre del Santo Rosario.
Ya la noche del Miércoles Santo se torna en madrugada, cuando Granada entrega la esencia de su alma en el cerro sacromontano e incendia de fervores los barrancos, donde esparcen las hogueras sus aromas de los tomillos, romeros y oréganos, para envolver, en un sueño de olorosa nube, la serena tragedia vertical del Cristo de los Gitanos.
Qué premonición tuvo Risueño en este Cristo lívido de perfil sereno y alargado y rostro "aceitunao", que perece hecho expresamente para lo adoren los gitanos. El valle de Valparaiso se abre al encanto de la luna de Parasceve y se hace palco de Granada en las colinas de la Alhambra y se hace "gemío" en la corriente del Darro y se hace espectro en las pitas y chumberas y quejío de saeta en las gargantas gitanas al quebrar la madrugada, mientras pasa entre los humos el Cristo del Consuelo de los Gitanos muerto. No hay Semana Santa que iguale este marco inigualable.
Granada se hace vereda
al borde de su patíbulo;
y Granada se hace iris
a sus plantas encendido;
y Granada se hace hoguera,
para alumbrar su martirio;
y saeta en las gargantas,
que quieren llevar alivio
a la Virgen Dolorosa,
que suspira entre los cobres,
trastornada en el camino.
El Jueves Santo Granada sueña en el Albaicín un sueño de surtidores en las albercas de los cármenes, que ponen un sonido amargo en su danza cristalina. Y sueña con torres mudéjares, que elevan quejas al cielo, desde San Miguel a San Cristóbal, desde San Nicolás a San Pedro y a la Concepción. Sueña con calles empinadas por las que bajar sus sueños. Sueños de la Pasión de un Cristo Nazareno, que al balanceo de su túnica derrama su Pasión sobre nosotros, portada en las volutas de los inciensos. Y la puerta ojival de San Cristóbal, parece que milagrosamente el arcángel San Miguel la ensancha, para pueda brotar su Pasión peregrina por la Vía Sacra de Granada con sus ojos de húmeda mirada. En ese momento, la primavera ve heridas sus flores por el dolor de la Pasión.
El Cristo de la Pasión
con el yugo de la soga en el cuello,
caminando con el peso del madero,
ara surcos de Salvación en su Reino.
Tras Él, todas las estrellas del firmamento se han citado sobre el palio de la Virgen de la Estrella, piropo doloroso del cielo. El Albaicín la seguirá, sin dejarla jamás de mirar.
Sin dejarla de mirar,
veo alejarse una Estrella,
sin dejarla de aplaudir
los gitanos la jalean.
Por la Cuesta del Chapiz
los candelabros se incendian,
para iluminar el Darro
en esta noche serena.
Sin dejarla de seguir,
prendido de su belleza,
el Albaicín va tras de Ella.
Esta vez el Albaicín nos asombra con el marco más singular, con un fuerte sabor popular, en el tránsito de la Hermandad de la Aurora por la Cuesta de San Gregorio, al filo de la Calderería, donde las atormentadas cuestas se hacen remanso en la plazuela de San Gregorio Bético. Allí, el olor de la cera y el incienso fraternizan con los efluvios del té y la yerbabuena, que escapan de las teterías, para juntos incensiar al Cristo del Perdón, arrebato renacentista de Diego de Siloé, que se desliza, en un desmayado trance, por el fuste de su columna. Antes Granada, desde el mirador de la Lona, convierte la luz de la tarde en milagro de la Aurora, para coronar la frente de tan excelsa Señora, paloma blanca que anuncia el amanecer de la Resurrección prometida.
Y en el Albaicín,
te coronan
los jazmines, haciéndose ramilletes
en el candor de tu frente.
Y te coronan
las copas de los cipreses,
cuando la brisa los mueve
y las lilas que se asoman
a las tapias de los cármenes.
Y te coronan
los perfumes de los galanes de noche
y las campanas que repican en las torres
y te coronan los Arcángeles,
y te coronan las fuentes
y al bajar por Calderería,
la media Luna de Oriente.
Vas coronada de Aurora
por la luz del cielo celeste.
Y te corona
Granada con rayos de amor ardiente.
Dolorosa compungida,
del Albaicín, Reina Sufriente.
Y del bullicio exultante de Plaza Nueva, donde todo son corazones palpitantes, que desbordan el espacio cuando irrumpe la Aurora, pasamos al expectante recogimiento en el compás de la Concepción, ante el resplandor quimérico de la Alhambra, que brota iluminada de la bruma de su bosque encantado. En ese claroscuro mágico de la agonizante tarde, camina Jesús en el Amor y Entrega, que emerge con el blanco candor de su túnica, del sortilegio y embrujo del laberinto albaicinero. Y desde allí, cuando el borde de la noche se torna madrugada del Viernes Santo, otra vez la calle de Elvira se convierte en inevitable protagonista de la madrugá granaina. Por allí, la Virgen de la Concepción, en su ansiedad desbordada, convierte en reflejos de plata la noche oscura, que invade de brumas de tragedia la Plaza Nueva, cuando se acerca el Silencio. La encrucijada de esta noche amarga es Elvira con Plaza Nueva, donde no falta nadie, donde Granada se aprieta en una "bulla" total, haciéndose dique para que no pase la hermosa Concha de Dolor, que cegada por la luz de su paso de plata, no vea, ni oiga que el Redentor pasa muerto en el mástil del Silencio.
Virgen de la Concepción,
perla de tanto Dolor,
no entres en Plaza Nueva,
porque llevan a tu Hijo,
en el Silencio,
que va muerto por Amor.
Y el mundo ha quedado en Silencio y la Muerte se hace saeta marfileña en la garganta del río Darro, para posar su eco dolorido sobre la pátina ebúrnea del Cristo de la Misericordia, que avanza, quebrada de duelo la madrugada del Viernes Santo, entre salmodio de luto del racheo de las colas de los negros nazarenos. Sólo se oye el martillo que quiebra la madrugada y sólo se ve su Muerte de Marfil, que pende serena en árbol de taracea.
El Cristo de la Misericordia es el único Crucifijo del mundo, donde parece que el mismo Dios va muerto, a la vez, que ya se alienta en su níveo éxtasis, el pálpito de la Gloriosa Resurrección. A esa hora, a esa misma hora, el Zaidín envuelve su noche en luto blanco y esperanzado de Redención, cuando recibe al Cristo Salesiano, que convierte la Noche Oscura del alma en azogue luminoso, que emana del Lucero Redentor.
¡Señor de la Redención!
macasar de amarilla Muerte
¡Detén tu caminar silente!
quiero acercarme a tu cruz,
a contemplar tu mirada
rota de amarilla muerte.
Palpar tu clavel tronchado,
ver las llagas de tu frente,
y que hieras mi mirada
con esa amarilla muerte
Del árbol de la Redención
el Cordero está pendente,
con el pecho lacerado,
lleno de amarilla muerte
Quiero estar bajo tu Cruz,
posar mis labios ardientes
en la llaga de su pecho,
para borrar de tu rostro
tanta...tanta amarilla muerte.
Y tras Él, la Virgen de la Salud con los luceros iluminando su palio
Ya la Salud aparece,
se mueven sus bambalinas
y las velas de su palio,
y entre sus manos divinas,
lleva cuentas del rosario.
Cinco misterios de luto
engarzan sus dedos santos,
cinco lágrimas de llanto,
cinco fuentes de Salud,
cinco misterios andando,
entre los cirios de cera,
y entre las flores del nardo.
Recuerdos de mi niñez, me trasportan a una Granada exenta de circulación en la tarde del Jueves Santo y en el Viernes Santo. El Jueves Santo, después del almuerzo, que solía ser potaje de garbanzos y bacalao con tomate, el centro de Granada se convertía en un ajetreo incesante de mujeres de mantilla y de varones con traje oscuro, que querían pasear por las calles su luto y visitar los monumentos de Santo Sacramento. Tras el Concilio, se trasladó el ceremonial a la mañana del Viernes Santo, pero ha desaparecido, desgraciadamente, ese rito ancestral, tan bello y tan nuestro, de las mantillas en la tarde del Jueves Santo.
El Viernes Santo es un Viernes muy especial en Granada. No hay ciudad que acuda, como Granada acude a las tres de la tarde al Calvario del Campo del Príncipe. Todas las calles son ríos humanos que buscan la Cruz del Cristo de los Favores. En Granada Cristo no muere sólo. La Cruz de los Favores aparece clavada sobre un tapiz humano de infinito arrepentimiento. Toda Granada está suspensa, como una clepsidra de lágrimas que llora la hora nona, en la que Dios se hace ausencia. Tres toques de cornetín y mientras doblan las campanas de San Cecilio, hasta los pájaros enmudecen en los cipreses de los cármenes de la Antequeruela. Todo el Campo del Príncipe es silencio postrado ante el Cristo de los Favores, Cristo Santo, al que aprendí desde niño a ir buscando.
Y yo, tu cruz voy buscando;
y buscando los Favores
de tu Poder Soberano;
y voy buscando esa luz,
que irradias desde tu paso,
cuando pasas por Fortuny
y todos nos rezagamos,
para ver el divino rostro,
que mis ojos van buscando.
Cuando te alza el capataz,
quiero que se acalle el mundo,
que el silencio voy buscando,
y que no respire el cielo,
para escuchar las pisadas
que llevan tus costaleros.
Y pasa el Cristo de los Favores sobre un trono de llamas retorcidas y barrocas de oro fino, deslumbrando el Viernes Santo con esos candelabros altos, para envolver su muerte y elevarla al firmamento y, tras su paso, la Cuesta del Realejo se empina hasta el mismo cielo, haciéndose camino, por donde tanta Misericordia y Gracia de Dios nos llega, que se hace agua santa a sus pies en el pilar del Realejo, junto a su retablo cerámico.
Todo el Realejo retumba
al vibrar de las cornetas
cuando la Misericordia llega,
y parece sonreír
entre los ramos de cera,
cuando lleva tanta pena.
Y cuando va por Girones,
ya Granada se le entrega,
y en los rizos de su pelo,
se enreda la Luna llena,
para iluminar su rostro
de tan coronada pena,
y parece que su palio
va cubriendo su realeza
porque del Realejo eres
Madre, Señora y Reina nuestra.
¿Porqué te hizo Granada,
Greñúa, con tanta pena?
Ya el Genil es un reflejo dorado de la luz Viernes Santo que agoniza. Ninguna ciudad supo iluminar el postrer suspiro de Jesús, como lo iluminó Granada, allí, donde el Darro, el Genil y María del Mayor Dolor, unen sus llantos, cuando Cristo está expirando. Antes las hogueras, desde el cauce del Genil, elevaban sus llamas al cielo como lenguas de fuego, que con su crepitar y ardiente vaho emocionan el aire de la tarde, para que, entre ellas, pase por el puente el Cristo Expirante.
¡Como llora la Virgen del Mayor Dolor!, Soberana del Supremo Dolor, ninguna llora como tú, tus lágrimas son cinco conmovidos luceros, que regarán de pena las calles el Viernes Santo.
Entreabiertos de suspiros tiene sus labios
Madre del Mayor Dolor,
flor doliente de Israel,
azucena quebrantada,
en su sufriente mirada.
¡Ay! qué grande es su Dolor,
y qué amargo mi sentir,
cuando Jesús va expirando,
por el Puente del Genil.
Y un pálido primor Doloroso de Amor se abre paso por el antiguo Camino de Santa Fe, camino por el que en la antigüedad ha pasado tanto dolor granadino. Allí estaba el hospital-lazareto de San Lázaro, presidido por el dolor del Señor de la Paciencia... gueto de los apestados y leprosos, hoy desaparecido. En la Caleta, se alzaba el quemadero-parrilla de los reos de muerte y la Torre de los Cuartos, donde se exponían los cuatro cuarto de los condenados descuartizados por los caballos, previniendo, con aquel horrible espectáculo, a los viajeros que entraban en la ciudad. A ese ámbito de suplicio, llegó, hace más de trescientos años, la Madre del Amor y Trabajo, tesoro de Granada y de los ferroviarios. Desde entonces, siempre ha ido coronada por el fervor del barrio de San Lázaro, barrio cristiano más antiguo de Granada.
Por el antiguo Camino Real de Santa Fe se acerca a Granada la Virgen del Amor. Va nimbada por la diadema blanca de Sierra Nevada, para calmar el riguroso luto de su tierno y meditativo perfil de su íntimo Amor Doloroso, en ese primer paso de negro duelo.
¡Ay! qué grande es el Amor
que nos lleva tras de ti,
Serenísima gardenia
desmayada de Dolor
¡Ay! qué grande es el Amor
de tu Doloroso perfil.
La campana de la Vela va dando las horas tristes en Plaza Nueva. Divina Ausencia y Soledad de María en el Calvario. Nadie talló en España una Soledad tan artísticamente sola. José de Mora lo consiguió a base de oración, ayuno y penitencia y cierta dosis de locura mística, inspirada por el mismo Dios, que lo elevó hasta el Cielo para contemplar a María. Nada más salir de su taller para ser depositada en su casa servita de San Felipe Neri, obró su primer milagro.
Y quedó sola...
Sola quedó en el Calvario,
entre lirios de dolor ensangrentados,
entre pétalos sembrados de su angustia,
recogidos por las telas del sudario.
Abrumada de dolor con la corona,
en sus manos la acaricia con ternura,
y la hieren de azucenas sus espinas,
traspasándola de amor en su congoja.
Y ya, cuando en el último suspiro de tarde se acalla el vuelo de las golondrinas, aparece la Soledad de Granada, la de Santa Paula, la de siempre... la que siempre ha ido los Viernes Santos, desde hace más de 300 años, tan sola por Granada. Rosa mística que caminas en tu paso, ocultando entre la luz de tus cirios el brezo de tu Soledad. Su íntima Soledad se refugia entre sus manos entrelazadas y el esplendor de su peto bordado, tan granadino. Afortunadamente, hay varias imágenes que ya lo han recuperado, como uno de los históricos signos de identidad de nuestras Dolorosas. La Virgen nos invita a buscar nuestra soledad, en una meditación íntima sobre la nuestra posición en las distintas contradicciones de nuestra vida, acompañando todas las Soledades de nuestra existencia.
Soledad ¿a dónde vas
tan calladamente sola?
En tus mejillas de nácar
llevas la Luna redonda,
que pone fin a la noche,
anunciando el Sol que asoma.
¡Soledad!
No estás sola en tu camino
que Granada, compungida,
va caminando contigo.
Dolorosa por excelencia y de más antigua devoción de la Semana Santa de Granada, se merece la Corona. Todo es quietud en el Sábado Santo, calma chicha en Granada. Todo está consumado y, sin embargo, todo es espera. Ese día Granada se centra, como único objeto de su meditación, en su principal devoción: las Angustias de Granada, elevada en su principal Gólgota: el Calvario de la Alhambra. El Sábado Santo, Granada huele a bosque, mientras la campana de la Vela nos anuncia, que ya baja, sobre en una fantasía quimérica de columnas y atauriques nazaríes de plata, el delirio barroco de ternura maternal de la Virgen de las Angustias de la Alhambra. No hay motivo que más me conmueva, que esa atracción contenida de la mano de María sobre la de su Divino Hijo, que casi se rozan pero no se tocan. No quiere tocar su Muerte desmayada en su regazo. Con gesto de íntimo asombro, parece quererle dar su aliento vital de Madre, para revivirlo, para Resucitarlo.
La Alhambra llora tu Angustia
por sus acequias de plata.
Nuestras almas son veredas,
por donde pisan tus plantas,
y vuelan con tus palomas,
sobre tu paso de plata,
y entre los lirios te alzas,
como surtidor de Angustias,
por el bosque de la Alhambra.
La media luna ya se oculta entre los tilos del bosque, cuando aletea, en la suave brisa, el suspiro de la Resurrección del Sol radiante, que anunció la Luna Virginal. Por el proverbial milagro de Dios, de la crisálida amarga de la Pasión resurge el luminoso Domingo, como una mariposa gloriosa de Redención. El precio del Mandato está pagado. Pero Granada, también celebra su Resurrección especial. Jesús Niño del Dulce Nombre quiere entrar triunfante, mostrando el signo invencible de la Cruz. Una "petalá" de campanitas inunda nuestra Bibrambla y a la Catedral van con Él, en su alborozo de niños, entrando en el blanco templo a hombros de facundillos.
Y allá, en el borde de la ciudad, donde la Vega acaricia con verdes efluvios nuestra Granada, y los rayos triunfantes del Sol avientan las cenizas de la noche, brota el Ave Fénix de la Salvación, encarnada en la poderosa talla del Resucitado de Regina, balanceando su gloria entre el perfume de los gladiolos. Y su Madre, la Reina del Mundo, plena de color en su incontenible Alegría, como la Victoria de Samotracia de los Cielos, nos presta sus benditos brazos abiertos para que Granada reciba la Luz del Mundo.
Con un agridulce pesar, porque se aleja en el tiempo, esa Santa Semana en la que hemos palpado, con nuestro corazón y nuestros cinco sentidos los Misterios de nuestra Fe, recibimos desde el oriente de la ciudad, al Señor de la Resurrección, campeando sobre la muerte hundida en el Sepulcro y emergiendo de ella, sin tocarla, como en el milagro de Tiberiades. Otra vez, el Zaidín está presente para despedir nuestros sentimientos cofrades. En sus Vergeles, una blanca paloma de alas de encaje triunfal irá a posarse en la Carrera ante la basílica de la Madre de Angustias, manto protector de Granada y principio y fin de la devoción de decenas de generaciones granadinas a través de los tiempos.
La gloria blanca en tu paso.
llevas el Triunfo en tus manos
Y en tu cara, sin congoja,
la Luz del mundo se asoma.
Y así os pregono la Semana Santa, porque así la siento, porque así siento a Granada, su luz y sus aromas y así, yo siento el misterio de sus barrios, sus calles y sus plazas. Porque así siento su Realejo, su Zaidín, su Albaicín y su Alhambra. Porque así siento sus santas imágenes. Porque así, siento nuestra Semana Santa.
Muchas ciudades habrá
con Semanas Santas bellas,
pero ninguna tendrá,
ese marco, tan singular,
que tiene nuestra "Graná".
Muchas gracias
Granada 26 de Febrero de 2012
Ideal