A pesar de que existía cierto riesgo de lluvia apenas si quedaba alguna nube ayer al filo de las siete de la tarde, justo cuando la Hermandad de Villaviciosa se disponía a escribir una página de oro en su historia con motivo de su salida procesional tras más de medio siglo sin hacerlo. El cielo, horas antes dominado por una capota grisácea que llegó a descargar agua, se presentó con un azul primaveral y tan sólo en la lejanía podía divisarse alguno de esos nubarrones que habían atemorizado a los fieles de esta advocación. Para algunos de los que ayer se dieron cita en los aledaños de la parroquia de San Lorenzo, esta huida de las nubes tenía más que ver con lo divino que con la meteorología propiamente dicha.
Con ayuda o sin ella, lo cierto es que las nubes comenzaron a alejarse cuando la Banda de Música de la Esperanza comenzó a interpretar la marcha Virgen de Villaviciosa aún dentro del templo. Éstas se distanciaron aún más con el repique de las campanas y prácticamente ni se veían cuando la imagen abandonó el pórtico de la sede canónica en dirección a El Realejo. En las caras de quienes componían el cortejo se podía intuir, sin embargo, que llegaron a barajar la suspensión, pero el mero hecho de que la Virgen de Villaviciosa llevaba 54 años sin presidir una procesión solemne -sólo lo había hecho en rosarios de la aurora- pesó demasiado como para tener que esperar otros 365 días.
Virgen de Villaviciosa, de Pedro Braña, fue la marcha elegida para comenzar la fiesta y tras esta marcha los músicos de la Esperanza interpretaron el preceptivo Himno Nacional, Altare Dei, Córdoba Cofradiera y un amplio repertorio de composiciones gloriosas y eucarísticas seleccionados con especial mimo por la cofradía y la propia dirección de la banda.
La procesión de Villaviciosa tuvo todos los ingredientes que suelen acompañar a los grandes momentos cofrades de la ciudad. Al histórico cortejo acudieron integrantes de la Agrupación de Hermandades y Cofradías -su presidente, Juan Bautista Villalba- y representantes tanto de corporaciones de Penitencia, como los de Ánimas o el Calvario, y de Gloria, como los del Socorro. Sin embargo, resultó especialmente llamativo el gran seguimiento que tuvo durante todo su recorrido, ya que contó con la presencia de algunos centenares de fieles y cofrades de toda la ciudad.
La continua humareda provocada por los turiferarios y el olor a incienso, así como la elegancia del exorno floral del paso y los estrenos -faroles y jarras entre los más destacados- fueron otros de los elementos que sirvieron para incrementar la grandeza de uno de los días grandes en la historia de esta hermandad.
El Día de Córdoba