domingo, 23 de agosto de 2009

Desde San Pedro hasta la Catedral, la influencia del humanista Pablo de Céspedes debía impregnar e inspirar la vida artística local a la que este escultor, pintor y poeta regaló los aires nuevos del Renacimiento. En 1595, el autor de La Santa Cena se ocupaba en la conclusión de la Capilla del Sagrario, tras haber bebido en la tierra y los escenarios de Miguel Ángel. Mientras tanto Juan de Mesa y Velasco crecía en el entorno de la Corredera, habiendo sido bautizado en San Pedro el 26 de junio de 1583. Pero no se conoce el nombre de sus padres ni el ambiente en que se desarrollaron los primeros años de vida del imaginero; tampoco cómo ni cuándo despertó su talento artístico que, con el correr del tiempo, le convirtió en el creador más conmovedor de la veneración cristiano-católica. Es conocida, sin embargo, su marcha a Sevilla al cumplir los 23 años, bajo el amparo de Andrés de Ocampo, a quien conocía por sus lazos artísticos y de parentesco con Córdoba. A los pocos años, Juan de Mesa aparece como alumno de Juan Martínez Montañés, en cuya escuela ingresa en 1606 y seis años más tarde se fecha su primera obra de imaginería conocida. Se trata de un San José con el Niño de la mano, conjunto escultórico al que otro autor le realizaría la policromía un siglo después.

En 1613, instalado en Sevilla y casado con María de Flores, vive en la calle Pasaderas del barrio de San Martín. De aquel taller saldría la mayoría de su producción, especialmente intensa de 1618 al 23, fecha esta última en la que posiblemente acogiera en su taller de Sevilla a otros artistas, pues se sabe con certeza que fue maestro del joven cordobés Felipe de Ribas, quien se traslada hasta allí a su amparo, y por ser esa ciudad junto con Granada la que recibe mayor número de encargos. Dice María Teresa Castellano Cuesta que formó parte Felipe del "gran plantel de discípulos" que dejó tras de sí el escultor, quien realizó desde Sevilla numerosas obras "destinadas a su tierra natal", recogiendo el encargo del Jesús Nazareno de La Rambla por cuyo trabajo recibió 80 ducados, un año después de realizar las dos imágenes de la cofradía del Traspaso, por las que debía de cobrar 2.000 reales.

Su obra se encuadra dentro del barroco español, pudiendo afirmarse que constituye el prototipo de la imaginería y del realismo sevillano. Aún así, su figura prevalece casi anónima en sus vertientes personal y artística, debido al parecer a la relación con su maestro, Martínez Montañés, a quien se le atribuyeron algunas de las obras que el tiempo desvelaría como hechas por Juan de Mesa. Ampara esta teoría algún escrito notarial, en donde Juan incide en la realización de su obra en exclusiva, por él, y sin "oficial alguno", o las conclusiones de los investigadores que, a la postre, rescataron del olvido su obra y su memoria, recuperando la firma del cordobés en algunos trabajos imputados al maestro sevillano. Sucedió así con la talla del Jesús del Gran Poder. A principios del siglo XX Adolfo Rodríguez asegura que no es obra de Martínez Montañés sino de Juan de Mesa. La polémica sobre la posible usurpación de autoría se desata a partir de 1927, cuando un grupo de investigadores se cuestiona el silencio que sus contemporáneos y quienes vinieron después, vertieron sobre el autor de -entre otras obras, y que se sepa- el Jesús del Gran Poder (1620), de esta hermandad en Sevilla, el Cristo de la Agonía (1622) de San Pedro en Vergara (Guipúzcoa); el retablo mayor del convento sevillano de Santa Isabel (1624) o el San Juan Bautista (1923) del Museo de Bellas Artes hispalense. Cada una de ellas está impregnada de un hiperrealismo emocional y estético conmovedor; esta característica, unida a su conocimiento de la anatomía humana, otorga a su producción el sello de autoría espiritual que no puede estampar ninguna regla tangible.

Su última aportación fue la Virgen de las Angustias de San Agustín (1626), ahora en San Pablo. Tenía 43 años y dice Castellano Cuesta, que "cuando murió el artista estaba a falta de darle los últimos toques" y que el proyecto inicial estaba constituido por las figuras de la madre, junto al hijo reposando a sus pies, de modo que "la posición del grupo, tal y como hoy la admiramos, parece que no fue la que originariamente pensó el autor". Un año después, el 26 de noviembre de 1627, la tuberculosis se llevó al genio. Fue enterrado en la iglesia sevillana de San Martín, según atestigua una placa adosada a un lateral del templo, aunque algunos críticos e investigadores se cuestionan la veracidad de esa tumba que nadie ha encontrado.

Su taller fue entonces "arrendado a Luís Ortiz de Vargas y Gaspar Ginés, quienes también se quedarán con parte de los dibujos del maestro, pasando los útiles de trabajo a su cuñado y colaborador Antonio de Santa Cruz", según Francisco Javier López.

Tres siglos después la Sevilla que silenció al cordobés le dedicó un monumento en la plaza de San Lorenzo. Su ciudad natal haría luego lo propio, si bien -como su grupo escultórico de Las Angustias--el lugar inicial en el que se situó, no respondía al encargo hecho a su autor, el escultor cordobés José Manuel Belmonte. Y pasarían muchos meses y acontecimientos hasta verlo ubicado en la plaza de San Pedro, junto a la parroquia y el barrio donde nació el escultor.

El Día de Córdoba


Publicado por elpretorio @ 12:04  | Córdoba
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