"Y Sevilla llora...", cantaba el coro. Se quedó huérfana la ciudad de carretas, carriolas y caballistas. Todos andan ya por esos caminos con un único destino. La Hermandad del Rocío de Sevilla -o del Salvador, "como la quieran llamar"- fue ayer la última en abandonar la capital andaluza. Lo hizo en un día muy especial; se conmemoran los 75 años de su fundación, una efeméride para la que el tiempo quiso brindarle su mejor regalo: un sol de justicia que los peregrinos agradecieron tras años en los que la lluvia no quiso perderse la salida de esta comitiva. Ahora sólo queda andar. Contar los pasos hasta ver a la Blanca Paloma.
Comenzó la jornada con ese fresco que dan las primeras horas de la mañana. Despertaba el alba cuando en la Plaza del Salvador se escuchaba un eco inconfundible: el rechinar de herraduras y ruedas sobre el adoquinado. El templo acogía la misa de romeros. Mientras, en el patio de la iglesia se daban los últimos retoques. Sofía, Sofi para los amigos, tuvo un pequeño percance en el último minuto. Acaba de engancharse el vestido y se le desprendió un volante. Mal asunto. Menos mal que siempre en El Rocío hay una amiga con costurero "de emergencia" para estos casos. Arreglado el desperfecto, las dos peregrinas se dispusieron a estrenar una nueva romería. "Bueno lo de empezar es un decir porque llevamos un mes de preparativos, con idas y venidas a la aldea, a la carriola y a la sastre para que nos acabe el vestido", señala Carmen, la amiga de Sofi.
Este año, en el que los bolsillos andan bastantes flojos, se ha recurrido más a los remiendos, para ensanchar las costuras más que para estrecharlas, que a los estrenos. Es lo que tiene la crisis. María Dolores, que se autodiseña y cose sus trajes, no ha tenido ese problema. Todos los años estrena bata rociera. Éste no iba a ser menos, que para eso su tía le enseñó desde pequeña a aviárselas con una aguja y un hilo. De ahí le ha salido un modelo de propia confección. "Frente a la crisis, ingenio", dice esta algabeña que lleva cinco años peregrinando con Sevilla.
Termina la misa y con ella la espera. Antes de que el simpecado sea descendido del altar de cultos, el doctor Pérez Bernal dirige unas palabras de agradecimiento a la hermandad por su colaboración con los donantes de órganos. Corazones trasplantados para un nuevo Rocío. Un cirio iluminará en acción de gracias cada noche al simpecado, que ya se coloca en la carreta. Empieza lo bueno. Este año las vistosas carretas de bueyes no formaron la comitiva en la plaza, sino en la Cuesta del Rosario. No se escuchan cohetes. "Hay menos gente que otras veces", dice Ernesto, un prejubilado que entretiene sus mañanas con comparaciones ociosas de tal magnitud. Junto a Ernesto está Juan, a quien con la crisis se le acabó el trabajo. Ambos se persignan cuando ven pasar la carreta. "Que el año que viene estemos un poquito mejor", dice Juan. "No te quejes, que con el paro al menos ves salir las carretas, que hacía 20 años que no venías", replica Ernesto.
Ambos amigos se enzarzan en un debate sobre la gestión del alcalde cuando el Ayuntamiento le realiza su anual ofrenda floral a la Virgen. "Monteseirín está haciendo muchas cosas por Sevilla", afirma Ernesto, a quien su amigo y compañero en momentos de vacas flacas le contesta: "Pero, ¿qué está haciendo, si aquí todo lo ha hecho la Junta?" Termina la discusión. Se canta la Salve ante el Consistorio. Alcalde, delegados y concejales de la oposición tararean la letra más mal que bien. Rosamar Prieto, la edil de Fiestas Mayores, va a quedarse otro año sin Rocío. Es lo que tiene la política.
El que sí va a estrenar romería es Manuel, un niño de cinco años que realiza su primer camino. Hace dos primaveras su madre adoptiva lo trajo de Rusia y a las pocas semanas se lo presentó a la Virgen. Manuel está inquieto. Ha correteado por las naves del Salvador y se ha subido a las columnas. Va con su sombrero y su pañuelo de yerba al cuello. No sabe lo que le espera, pero presiente que va a pasárselo bien. Por lo pronto se quita unos cuantos días del cole. Sus tías, rocieras y "muy de San Benito", han gastado casi un carrete en fotografiar al pequeño.
A pocos metros hay una estampa bien distinta. Amarfindo se queda este Rocío en Sevilla. Es uno de los hermanos más antiguos. Tiene 72 años, casi tantos como caminos lleva surcados la hermandad. Las fuerzas no le dan para más. Cubana, medalla en el pecho, caña con manojo de romeros y unas sandalias porque el médico le ha recomendado que use calzado descubierto. Aquí termina su romería: en la Plaza de la Virgen de los Reyes, donde al contrario que años anteriores la comitiva no se detuvo para depositar un ramo de flores ante la Patrona de Sevilla, un acto que se realizó la tarde del miércoles y con cuyo adelanto se pierde, quizá, uno de los momentos más emotivos de la mañana.
Sevilla se marcha. Algarabía de colores y volantes por el Alcázar. Se escucha al coro. Sus sevillanas son un clásico. El director recomienda no abusar, que hay que prepararse para el domingo, cuando intervengan en el Pontifical de Pentecostés. Es difícil reprimirse. Son 75 años. Tres cuartos de siglo. Mucha historia por cantar.
Diario de Sevilla