domingo, 17 de mayo de 2009

Varios documentos atestiguan que en el siglo XIX y al menos hasta la Guerra Civil, la Virgen del Rocío era patrona de Extramuros de la Ciudad de Cádiz. La imagen venerada por miles de fieles en la capital gaditana se quemó en uno de los cruentos episodios que preludiaron la contienda fraticida, pero pronto los devotos decidieron restaurarla, una talla que fue encargada a Miguel Láinez Capote.

 

En la década de los 40 se ha confirmado la existencia de una Hermandad del Rocío formada exclusivamente por mujeres, aunque se ha comprobado la petición al Obispado de varios hombres para entrar en ella. De manera resumida, éstas podrían ser las claves para entender la historia de una devoción que muchos entienden como una expresión más de folclore y afrontan como una cuestión deportiva.

 

El sentimiento religioso por una advocación que mueve cada año a un millón de personas hasta su Aldea, no siempre ha sido aceptado en Cádiz, a pesar de que sus orígenes se remonten a muchas décadas antes de que la peregrinación y la fiesta se convirtiesen en sus etiquetas.

 

No sería hasta finales de los 70 cuando un grupo de rocieros, la mayoría pertenecientes a otras hermandades de la provincia, movidos por su inquietud de dar culto oficial a una imagen, cuando se creó la actual Hermandad de Cádiz. Era una veintena de fieles y hoy ya son 950 (las de penitencia suelen contar con medio millar de miembros). El próximo día 26, dos centenares y medio de peregrinos emprenderán el Camino hacia la ermita de la Blanca Paloma en Almonte.

 

La incomprensión de los primeros años se ha ido tornando poco a poco en sincera aceptación. El trayecto de San José, donde la Hermandad tiene su sede canónica, hasta el Ayuntamiento y el posterior paso por Santo Domingo para rendir tributo a la patrona, se han convertido en recientes ediciones en una manifestación religiosa que, si bien no alcanza las cotas de las procesiones de Semana Santa, hace partícipe a miles de personas.

 

La historia del Rocío en Cádiz va más allá de la romería, de tamboriles, polvo y cante y baile por sevillanas. «Es el punto culminante, pero no el único. Durante todo el año realizamos una intensa labor social que incluye bolsas de caridad para familias necesitadas y una beca asignada al seminario de Cádiz», destaca el vicehermano mayor Francisco Ghersi.

 

Sabatinas todos los meses, triduos, fiesta de los Reyes, la Candelaria, la Cruz de Mayo, el Rocío Chico, la peregrinación extraordinaria y la misa anual en la ermita, e incluso la celebración de una semana cultural, son algunas de las actividades que organiza la Hermandad, que tiene su Casa en la calle García Gamero.

 

La comitiva se compone de 30 caballos, ocho carretas tiradas por tractores, otros dos tractores más, tres vehículos y la carreta del Simpecado. Este año a los hermanos gaditanos le acompañan dos carretas de la Asociación Rociera de Guadalcacín, que recibe el madrinazgo de la filial de la capital.

 

«Hay que verlo desde el punto de vista del bético y sevillista, del gaditano y el jerezano. La animadversión hacia el Rocío en Cádiz no era una cuestión religiosa, sino por el folclore». Rezarle a la Virgen por sevillanas y el traje de volantes no sentó bien en un principio entre la ciudadanía.

 

«Al gaditano tampoco le gusta mucho la feria, y prefiere orarle a la Virgen por tanguillos», destaca el vicehermano. Ahora, durante su paso por las calles de la ciudad antes de emprender rumbo hacia la desembocadura del Guadalquivir, la procesión vive momentos de gran trasiego. El rezo del Ángelus en María Auxiliadora o la salida de mayores y niños del Hospital Puerta del Mar, por ejemplo.

 

El predecesor de Manuel Montaño como hermano mayor, José Antonio Tovar, recuerda cómo fueron los inicios de la Hermandad: «La primera reunión fue en la peña de Enrique el Mellizo y yo hasta entonces había hecho la romería con Madrid». Si al principio se pensaba que era un «tema exclusivo de Sevilla», hoy se puede asegurar que está «totalmente consolidado». Desde entonces, José Antonio ha emprendido el Camino todos los años, salvo uno, «por motivos personales», y lo seguirá haciendo, -tiene 63 años- «mientras que Dios me dé fuerzas».

 

El número dos de la Hermandad cuenta la belleza y la expresión de afecto que recibió la comitiva durante su paso por Cádiz en el año de su vigésimo quinto aniversario. En una calle Pelota abarrotada, ornamentada con flores y envuelta en alegría, cánticos y rezos, el concejal de Fiestas Vicente Sánchez le espetó: «¡Qué vais a dejar para cuando tengáis 50 años».

 

La vocación de la agrupación gaditana es seguir creciendo, tanto en número de hermanos como en actividades y mejoras en sus casas. Actualmente ocupa el puesto 59 de las 110 filiales de la hermandad almonteña. En la aldea onubense el devoto gaditano está perfectamente identificado. «Tenemos en la calle cuatro farolas de la Alameda y la fachada con la piedra ostionera», resalta Tovar.

 

Es allí, al abrigo de una noche mágica y espectacular, donde se mezclan fe y emoción, se prodigan promesas y se vive una fiesta sin igual, cuando el peregrino, de Cádiz o de Almería, se siente atrapado para siempre». «Cuando la Virgen me miró supe que nunca podría dejar de verla», destaca Inmaculada Hernández, una joven de 33 años que ingresó en la Hermandad del Rocío gaditana en 1996.

 

Una profunda vocación religiosa -estudió en las Salesianas- y el ánimo de sus amigas la llevaron a consagrarse a esta advocación. «Ya entonces el Rocío estaba bien visto, aunque por lo que me cuentan los mayores, no siempre fue así», lamenta.

 

Ahora, por ejemplo, el coro rociero de la ciudad es muy demandado por los contrayentes para crear algarabía en las ceremonias matrimoniales. Eso sí, en su amplio repertorio, se deja oír mucho acorde carnavalero.

 

El único año que Inmaculada no pudo acudir a su cita con el Lunes de Pentecostés fue por culpa de una pierna escayolada, que se rompió mientras preparaba la carreta de los abuelos (llamada así entre los rocieros gaditanos por un antiguo hermano).

 

«Yo le pregunté -a la Virgen- que por qué me dejaba sin ir. Lloré mucho y mis compañeros también, aunque pude verla a su paso por mi casa, en García de Sola». Y es que la convivencia entre los fieles va más allá de la semana escasa que dura la romería. Las visitas a la Aldea son continuas, sea por motivos del calendario o por iniciativa propia. En la Casa Hermandad y en los oficios religiosos los rocieros comparten y experimentan de forma intensa su fe.

 

«Poco a poco la gente de Cádiz se ha dado cuenta de que el Rocío no es sólo para pasárselo bien. Lo hacemos porque es una Hermandad de Gloria y festejamos para rendirle tributo», sostiene la joven. «Un santo triste es un triste santo», parafrasea Tovar.

 

Futuro

 

La savia nueva está asegurada en esta Hermandad que casi alcanza el millar de miembros. Cada año, durante la imposición de medallas a nuevos hermanos, se puede ver a muchos niños e, incluso, bebés.

 

En cuanto crezcan, podrán vivir cientos de anécdotas, como la que recuerda José Antonio. «Una carreta chocó con otra en un puente de El Puerto, camino a Sanlúcar, porque siempre intentamos ir los más junto al Simpecado». El profesor de Antropología Social de la UCA Fernando Giobellina, sin embargo, tiene una opinión distinta con respecto a la manifestación de la fe hacia la Blanca Paloma.

 

«Para un antropólogo, no hay una separación entre lo interno y lo externo, entre la devoción y la parte lúdica. Cada religión tiene su peculiar forma de expresarla, incluso el Catolicismo en general, sin llegar a ser tan popular, tiene un visual y un valor estético muy importante», sentencia el experto.

 

La Voz


Publicado por elpretorio @ 14:15  | Cádiz
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