
Entre las vaharadas de incienso y la música de capilla, sobre las barroquísimas andas doradas, podía contemplarse la efigie de María Santísima de las Angustias, obra de excepcional calidad y enormemente divergentes atribuciones, las cuales van desde las gubias de Luisa Roldán, pasando por Juan de Mesa hasta las de Diego Roldán y su origen establecido desde una imagen del finales del siglo XVI muy retocada hasta ejecutada en pleno siglo XIX. Lo cierto es que se trata de una imagen que ha sufrido numerosas restauraciones e intervenciones a lo largo de su historia. En 1807 la corporación pasa de representar el pasaje de una “Soledad” al pie de la cruz a formar un conjunto en forma de “Piedad” como actualmente hace, realizándose entonces la actual imagen de Cristo, que hasta fechas recientes se atribuía a Juan Bautista Petroni en 1799, desmintiendo dicha autoría documentos recientes encontrados que documentan su ejecutoria en Cádiz a manos de un artista desconocido en el ya mencionado año 1807, repolicromándose y adecuándose probablemente la antigua dolorosa a su nueva representación iconográfica. Ambas imágenes han sufrido múltiples restauraciones a lo largo del siglo XX, siendo la última de la dolorosa realizada en 1991 por David López Álvarez en la Cartuja de Sevilla, donde se realizó nuevo candelero a la dolorosa y se resanaron ambas imágenes en una ardua y laboriosa intervención.

El conjunto es de una notable crudeza y dificultad visual para el espectador, requiriendo una formación y conocimientos en el espectador, encuadrándose en ese grupo de imágenes calificables como “difíciles” para el fiel. La soberbia calidad del conjunto requiere un esfuerzo para aquellos gustos poco entrenados y solo dados al aprecio de la belleza absurda sin comunicación tan común en la plana imaginería de nuestros días. Los naturalistas rasgos tanatológicos representados en la cruda anatomía del Cristo, de lívidas carnaciones y angustiosa posición, solo ven suavizados el patetismo que rezuma del conjunto en la dulzura del semblante. El rostro de la madre se contrae en profundo rictus doloroso, contrayendo la lengua y la barbilla en un rostro pequeño y avejentado, acentuado en su dureza por el ceño fruncido y los frescores perfectamente aplicados sobre la pálida anatomía de una madre desmayada en su dolor, más no carente de una belleza romántica y sutil que transmiten una sensación de fragilidad y delicadeza a la Madre. Toda una obra maestra del dolor y el planto que no está al alcance intelectual de aquellos que no saben ver más allá de un bordado y unos ojos azules. Misticismo y meditación del alma; deleite de los sentidos.
Rogelio Rubio Segura