
A medio camino de Sevilla y Jerez, camino de Cádiz, el cofrade tiene la ocasión única de cerrar el día grande de la Pasión y el ser cristiano a los pies ni más ni menos que del Santísimo Cristo de la Veracruz, obra del insigne imaginero cordobés Juan de Mesa y Velasco en 1624.

La Parroquia de San Juan Bautista, visible a muchos kilómetros a la redonda coronando prodigiosamente la máxima altura de la villa cabecense, fiel vigía y custodia de su pueblo y cofre que guarda grandes portentos escultóricos, recibió este pasado Viernes Santo, ya entrada la madrugada del Sábado Santo la efigie de Cristo Muerto en la cruz por nuestra salvación.

Un viento gélido que empezó a levantarse conforme la noche entraba y que cortaba el cuerpo, acompañó en todo momento la subida final de la imagen por las bellas calles de la localidad hasta su templo pareciendo anunciar que Cristo ha muerto, moviendo al fiel a la oración. El cielo no obstante despejado, la luminosa luna y las estrellas no quisieron perderse detalle de la portentosa efigie de crucificado, una de las obras cumbres de su autor, si es que puede calificarse alguna obra del universal cordobés como obra de menor importancia al resto, pues todas ellas son obras maestras inigualables.

La Banda de Cornetas y Tambores del Amarrado de Ávila (por cierto, obra esta del insigne Gregorio Fernández), puso sus sones tras el Cristo de la Veracruz. No nos son ya precisamente desconocidos estos plumeros azules que nos llegan desde tierras lejanas, pues sus interpretaciones en nuestra tierra se han dejado oír durante toda la semana, desde Jaén a Utrera y Chipiona, pasando por su escolta al Cautivo de Santa Genoveva, hasta llegar el Viernes Santo en que su interpretación de la marcha “Bendición” rasgó el frío de una noche más abulense que sevillana. Hermanamiento de grandes y ricas tierras de tradiciones; semblanza de formas del norte en imágenes del sur: siempre hay algo de Gregorio Fernández en la imaginería de Juan de Mesa.

Lamento no poseer fotografías de la estación de penitencia de Nuestra Señora de los Dolores, romántica dolorosa de manos enlazadas anónima probablemente de la segunda mitad del siglo XVIII, perfecta titular para acompañar un crucificado de tan excelsa calidad como el titular de esta corporación sin desmerecer artísticamente en absoluto su efigie, pero las baterías de mi equipo fotográfico expiraron su último hálito al pie del crucificado tras haber cumplido su misión muy dignamente durante todo el Jueves Santo, Madrugada y tarde de Viernes Santo. Perdónese pues el empleo de una fotografía tomada el día del traslado de vuelta a su Parroquia tras la restauración de su altar. Prometo resarcir mi deuda con Élla algún día.
Rogelio Rubio Segura
