“Tiene fama. Una fama merecidísima”. El historiador
Lorenzo Alonso de la Sierra
no se cansa de admirar la talla en madera de cedro de mediados del XVII que da
vida al Santísimo Cristo de la
Buena Muerte. Otro tanto le ocurre a José Miguel Sánchez
Peña, quien llevó a cabo la última restauración de la imagen en 1987. “Es
uno de los mejores ejemplos que tenemos del barroco central”, sentencia el
restaurador que fue el artífice de la actual cruz de la escultura.
Ambos expertos se maravillan de la “perfección en la técnica” y de los
conocimientos de un autor que sigue siendo desconocido. “Es una obra
excepcional dentro de la escultura barroca en Andalucía, porque habría que ver
hasta qué punto está hecha aquí”, lanza Alonso de la Sierra que argumenta “una
intensidad barroca plena” tanto por “la maestría en su ejecución” como por “el
logro de captar el mensaje barroco perfectamente” que no es otro sino “apelar a
los sentidos, a la emoción”.
Sánchez Peña llama la atención sobre “la cabeza con la corona tallada en el
cráneo” y “el cabello muy bien acabado, incluso –recuerda– en la restauración
comprobamos cómo por los lados se le podían quitar algunos bucles, supongo que
sería para los trabajos de policromía en una zona de la cara que sino hubiera
sido imposible de llegar”.
El conservador señala el detallismo “del movimiento”, de las “telas agitadas
con pliegues complicados” y del “pelo tan rebuscado”. La minuciosidad de
incluir “una cuerda del sudario tallada y no encolada” y “la forma
no centrada” de la imagen son alabadas por Sánchez Peña. “Aunque es un
crucificado” la composición no está hecha “en línea recta sino en S”.
Los dos expertos coinciden al contraponer la Buena Muerte gaditana
con los crucificados de Montañés, que para Sánchez Peña “tienen aún una estela
renacentista” y que para Alonso de la
Sierra significan “el paradigma sevillano de la elegancia y
el manierismo”. “La Buena
Muerte, sin embargo, logra transmitir que el hombre cae a
plomo, que se desgarra la piel, que los clavos tiran hacia arriba, que se le
desploma la cabeza”, narra con pasión, además de advertir un doble mérito pues
“esta imagen no fue concebida para procesionar” pero “sin embargo, alcanza su
plenitud, su gran dimensión, en la calle”.
En cuanto a la autoría, Sánchez de la
Peña se inclina “por Alonso Martínez”, un escultor barroco
que inició su carrera en Cádiz, “aunque vino desde León y que luego partió a
Sevilla”. Entre las obras del artista en la ciudad están el San Pedro y el San
Pablo del altar mayor de Santa Cruz y algunas piezas de la iglesia de Santiago.
Alonso de la Sierra
no aporta ningún nombre. “Y, ¿qué más da? Como en todas las obras maestras, la
creación ha podido con el artista”, dice. “Hay un círculo claro que es el de
José de Arce pero de él no es. Quizás sea de alguien que aún no conocemos
bien”, cuenta misterioso sobre una escultura que, para el historiador, reúne lo
mejor de los dos grandes focos artísticos de la época barroca, Italia, “con la
influencia de Bernini”, y Flandes, “pues a mi esta obra, tanto en su factura
como en su composición siempre me ha parecido influida por Rubens, aunque las
carnes, no tan generosas, sean del estilo apolíneo italiano”.
Diario de Cádiz