Al cruzar el umbral del templo todo cambia. Atrás dejamos un mundo que nos distrae, dentro buscamos algo que nos reconforte, que nos dé paz. El olor a incienso nos guia hasta el altar en el que la imagen de nuestra devoción se muestra a todos. La cera encendida y las flores indican que es día grande en la corporación. Los fotógrafos se agolpan buscando la instántanea de siempre pero como cada año distinta. Hay cola para besar el pie del Señor. Con un beso le agradeceremos tantas cosas y le seguiremos pidiendo muchas más. Es un instante fugaz en el que nuestros labios rozan la madera. Un sólo momento en el que nuestros ojos se han cruzado con su mirada. Tan sólo con esto nos basta. Ya podemos volver a la realidad diaria, hemos recargado nuestra alma y nuestro espíritu.