domingo, 08 de marzo de 2009

En los primeros años del siglo XVII, se estima con toda certeza que un jiennense llamado Juan Martínez Montañes esculpió al que estaba destinado a convertirse en la más grandiosa hechura de la imaginería española de todos los tiempos. Cuando Martínez Montañés era un niño, seguramente en ningún instante pudo llegar a pensar que de sus manos podría salir el que, tras siglos, sigue siendo considerado Dios. Así de sencillo, y así de simple.

 

La Iglesia ha contado siempre con numerosos instrumentos a partir de los cuales divulgar y explicar la doctrina católica. Desde las fuentes bíblicas, hasta los testimonios de muertes de mártires que dieron su vida por sus creencias, pasando, todo ello, por la capacidad oratoria de los miembros de la Iglesia, siendo la Teología una de las tres grandes facultades clásicas que se instauraron en las primeras universidades. Sin embargo, una imagen vale más que mil palabras. Las imágenes expresan en muchas ocasiones lo que una retahíla de palabras y textos apenas son capaces de describir. Por ello, imágenes como el Señor de Pasión son uno de los principales instrumentos con los que explicar ya no la doctrina católica a grandes rasgos, sino quién fue Jesús y la causa de Jesús; sus valores de amor y entrega por los que le rodean, llevando con humildad el peso de la cruz. Imágenes como la del Señor de Pasión son las que sustentan en sus manos con pétrea firmeza el "Toma tu Cruz, y sígueme". Y cientos de penitentes toman su Cruz y le siguen cada noche de Jueves Santo.

 

Pero dime, Señor de Pasión, qué extraña causa ha llevado a que el "Toma tu Cruz, y sígueme", que sólo tu firmeza en esa zancada que abarca toda Sevilla y toda la humanidad, quede en entredicho.

 

Recientemente, se ha adoptado la decisión de que todo los no sevillanos, fuera del horario del culto, debemos pagar una cuantía económica de tres euros para poder acceder a la Iglesia colegial del Salvador.

 

Ayer, Jesús Nazareno, cuando me encaminé a ese templo en el que tu zancada es acompasada por el Amor de tu mirada; cuando, como en cada visita a Sevilla, cumplí mi ritual de cerrar los ojos y dejar que el incienso que en el puestecillo de una de las esquinas de la plaza se quemaba entrase hasta mis adentros más profundos; cuando, como cada vez que voy a este Paraíso terrenal, saludé con respeto al llamado "Dios de la Madera", que aguarda la llegadade cada Jueves Santo para ver a su Hijo predilecto; ayer, cuando cumplí el ritual de ir a encontrar un poco de sentido a los muros que te enmarcan, me encontré con una respuesta que se estampó de bruces contra mi rostro: tres euros.

 

Hace poco menos de dos mil años, un joven judío, que debía rondar los treinta y tres años de edad, entró entre el clamor y el júbilo en la ciudad de Jerusalén, a lomos de un pollino. Y cuando fue a visitar la Casa de Dios, ese judío arremetió contra mercaderes y puestos, y despejó la Casa de su Padre de todo elemento ajeno a lo que en ella encartaba encontrar: oración, hermandad, serenidad y respeto. Es irónico, no obstante, comprobar cómo, después de aquella magistral lección, a veces olvidada por encontrarse entre todos los pasajes que componen la Pasión, que es lo que a unos pocos de verdad interesa, en la Casa de Dios se continúa negociando.

 

Lo más triste es que no se negocia con alimentos, con telas o utensilios. Se negocia con la fe.

 

En los tiempos que corren, en los que la asistencia a la Iglesia ha bajado estrepitosamente; en los que la popularidad de esta institución anda bajo mínimos; en los que la población en general, y la juventud en general, no sólo comienza a sentir indiferencia, sino antipatía ante la Iglesia católica, no parece muy sensato ponerle un precio a la fe. La Iglesia, que se ha sentido manifiestamente atacada desde los medios públicos, ha organizado protestas en favor de la discriminación, discriminación que nunca llevó a cabo Jesús, que, crucificado, pidió perdón para los que le llevaban a la muerte, y discriminación que, en cierta ocasión, contó con la presencia de una representación, ni más ni menos, que de la Virgen María. Ha organizado protestas contra el aborto, convirtiendo en asesinos a los científicos y, por ende, a los responsables del progreso de la humanidad, que tantas muertes evitan gracias a su genialidad. Y ha puesto precio a copar los bancos de la Casa de Dios; le ha puesto precio a la oración. ¿Cómo no va a contar con menos fieles la Iglesia si hay que pagar para poder rezar en la Casa del Señor?

 

Dime, Señor de Pasión, en qué momento se decidió tasar la oración ante ti, Hijo de Dios. Dime por qué los que buscan un rincón de paz, lejos del mundanal ruido de la civilización, ante tu caminar, deben encontrar el impedimento de una cifra económica.  Dime por qué se negocia con la fe. Y creéme, amigo, que no peco de tacañería, pues para ir al Paraíso en el que reinas desde el Salvador, invertí unas cuantas decenas de euros, y dos noches sin sueño. No amigo, hay cosas mucho más importantes que el dinero, y es lo que algunos no parecen entender. Pero no entiendo por qué el que va a verte ha de pagar por rezarte. Espero, Señor de Pasión, que dejes un instante, tan sólo un instante, tu pesada cruz, y como hace casi dos mil años, puedas librar Tu Casa del negocio y la codicia, de los mercaderes que, paradojas de la vida, ahora están dentro de Tu Casa, y desde dentro, desde las entrañas de tu templo, han tasado encontrarte a todos aquellos que no tuvimos la dicha de nacer en Sevilla. Y si no, espero que abandones lo que puede convertirse en un museo, para salir a caminar, como siempre, con los que tomamos tu Cruz, y te seguimos. Espero, Señor de Pasión, que abandones a los que se ciegan por Don Dinero, y ante el afán de lucro, busques afán de riqueza; riqueza de espíritu, no de bolsillo.

 

Dime, Señor de Pasión, por qué ayer no pude tomar tu Cruz, y seguirte.

 

Este texto ha sido escrito por una persona que, en el día de ayer, por no nacer en Sevilla, no pudo ver a una de sus grandes devociones, el Nazareno de Pasión, sólo porque de su devoción, en su Casa, han querido hacer negocio.

 

Miguel Gutiérrez.


Publicado por elpretorio @ 23:59  | La Tribuna
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