
Sevilla parecía no querer despertar. A las siete de la mañana, un cielo encapotado que dejaba su lluvia en Sevilla presagiaba lo peor. Pero por suerte, en esta crónica, un servidor va a contarles cómo en Santiago se hizo la primavera; ésta va a ser la crónica de la Redención de Sevilla.

La plaza Jesús de la Redención amanecía lluviosa. A las ocho menos cuarto, en una iglesia abarrotada de gente, los hermanos ya temían lo peor, como reflejaban sus caras de desolación y sus continuas miradas a la calle que enmarcaba el pórtico de la iglesia, para ver si un rayo de luz les llenaba de esperanza. La estampa del Señor de la Redención en este día fue magnífica. Estrenaba una nueva túnica de tisú bordada en oro, y la conjunción con el paso del Santísimo Cristo de la Sed, salido de las manos del insigne Guzmán Bejarano, fue magnífica. Es de destacar, igualmente, el bello exorno floral, con un monte de claveles rojos "sangre de toro", y cuatro piñas de rosas en los laterales. Pero la lluvia amenazaba con no dejar que el magnífico conjunto fuese mostrado a Sevilla.

A la hora prevista de la salida, y ante la atención de los allí congregados, el hermano mayor subió al atril de la iglesia de Santiado para anunciar un receso hasta las nueve horas, a la espera de si el cielo escampaba. A las nueve menos cuarto se reuniría la Junta en sesión extraordinaria para, a las nueve, comunicar la definitiva decisión. Aunque la desolación era general, todavía existía una pequeña esperanza, pero el cielo no mejoraba; al revés, llovía con más fuerza. Quiero dejar constancia de la más que lamentable actitud de los costaleros de la cofradía, en contraste con el resto de hermanos, pues en esos momentos tan graves, no paraban de hacer bromas de mal gusto, del estilo de "hoy lo mejor que podemos hacer es quedarnos en la cama". Por suerte, fue una actitud restringida a los costaleros, y no al resto de hermanos, teniendo la cofradía un trato exquisito con todos aquellos que, venidos de fuera y con poco conocimiento de las cosas, nos interesábamos por saber qué ocurriría por la mañana y por la tarde. Me gustaría agradecer a título personal al hermano mayor su trato con un servidor, pues fue más que comprensivo y atento.

A las nueve menos cuarto, los miembros de la Junta fueron llamados a la sesión, y a las nueve, el hermano mayor volvió a situarse en el atril. Los partes meteorológicos no eran favorables, y el aspecto del cielo aún menos, por lo que el traslado a la iglesia de la Misericordia, iglesia fundacional de la cofradía, quedó suspendido. La misa que tendría lugar en la iglesia de la Misericordia tendría lugar en la propia iglesia de Santiago, a la hora prevista, la una de la tarde. Cuando todo parecía perdido, el hermano mayor anunció que, con el fin de que el Cristo saliese a Sevilla, a las siete y media de la tarde se reunirían para dictaminar si, a las ocho, el Señor de la Redención podría procesionar desde la propia iglesia de Santiago, en un recorrido más corto que el establecido. El júbilo se apoderó de la iglesia, que irrumpió en aplausos para celebrar la decisión. No, no todo estaba perdido.

A la una de la tarde comenzó la misa en la iglesia de Santiago, con un montaje improvisado desde las doce a la hora del inicio de la misa, estando durante ese espacio de tiempo la iglesia cerrada. La Virgen del Rocío, más bella que nunca, miraba a los fieles desde el altar mayor, y el Señor de la Redención presidía la misa desde el paso. Con el canto de la Salve Regina quedó concluída la misa, en unos momentos en los que el cielo parecía más claro que en las horas anteriores. Y en distintos puntos de Sevilla, en cada rincón donde siempre hay un cofrade, seguro que aparecieron sonrisas cuando hacia la hora del almuerzo, cesó de llover y apareció por primera vez el astro rey en Sevilla. Ya parecía escucharse la Agrupación musical de la Redención a lo lejos.

Y a las ocho horas, comenzó, como tenía que ser, como todos esperábamos, como Jesús de la Redención había dispuesto, la procesión en su honor. El cortejo, que iniciaba la cruz de guía, comenzó a surcar la calle Santiago, seguido de distintas representaciones y de hermanos con cirios. Y tras el cuerpo de acólitos, salía a la calle, por la puerta de la iglesia que da a la calle Lanza, en recuerdo de sus salidas desde la Misericordia, cuya puerta es de dimensiones similares, el Señor de la Redención. Su espléndida agrupación musical interpretó la marcha real, para continuar con marchas como La Saeta. El paso iba avanzando entre el enorme gentío que se agolpaba. En esta ocasión, nos dejó un andar más sobrio que el que acostumbra en su salida procesional del Lunes Santo, algo que aunque respetamos, no compartimos, pues creemos que una cofradía puede incluir elementos extraordinarios en este tipo de salidas, pero no perder su sello, su forma de ser, su personalidad. Aún así, el Señor de la Redención iba derrochando elegancia.

El cortejo siguió por las calles del barrio; así, discurrió por la estrecha Cardenal Cervantes, para desembocar en la plaza de San Leandro. La formación musical hacía las delicias de los allí presentes, interpretando en la plaza la marcha Agonía en Getsemaní, para seguidamente adentrarse en la estrechez de la calle Zamudio, y desembocar a la iglesia de San Ildefonso, donde se estrenó la adaptación de la marcha Rocío, de Vidrié. Siguió por la calle Rodríguez Marín para llegar a calle Águilas. Al principio de esta calle, hasta en dos ocasiones el capataz arrió el paso en mitad de las marchas, algo que los allí congregados no entendían. Fue el caso de la interpretación de la marcha Costalero. Tras unas chicotás a tambor, el paso llegó a la plaza de Pilatos, donde se agolpaba muchísima gente, como en todo el recorrido, y de este modo alcanzó la iglesia de San Esteban, donde esperaba una representación de la hermandad del Señor de la Salud y Buena Viaje y la Virgen de los Desamparados. El paso siguió por San Esteban para encarar la penúltima calle, el Muro de los Navarros, en cuyo inicio fue interpretada la marcha Alma de Dios, para deleite de los allí presentes.

Al inicio de la calle Santiago, volvió a interpretarse la adaptación de la marcha Rocío, y la procesión avanzaba lentamente hacia su final. La cera de los candelabros se encontraba ya gastada, tras las horas encendida, y el público había disminuído sensiblemente, pudiéndose transitar con más desahogo que hasta ese momento por los márgenes de la calle. Y tras la calle Santiago, donde se interpretaron marchas como Virgen de las Angustias, el paso llegó a la plaza Jesús de la Redención, que esperaba a oscuras, con la luz proveniente desde el interior de la iglesia, y de la llama de los cirios y de los candelabros. Tras retirarse las potencias al Señor, y finalizadas las maniobras pertinentes, el paso entró en la iglesia, a los sones de la marcha real, a eso de las doce y cuarto horas.

Como aspectos negativos, los miembros del portal quiere reseñar algunos aspectos que para el foráneo resultan extraños y que nos cuesta creer que sean propios de esta ciudad hermana. Es el caso de la falta de educación de un pocentaje nada desdeñable del público, con continuas muestras de malos modos e, incluso, amenazas verbales y subidas de tono, que nos parecieron totalmente impropios de la ciudad que es matriz de la Semana Santa. Tampoco conocemos si es costumbre o no, pero nos sorprendió enormemente la ingesta de bebidas alcohólicas por parte de los costaleros, a los que en calle Muro de los Navarros esperaba un gran cubo llenó de botellas de cerveza. Es una costumbre que en la ciudad en que residen los miembros de este portal es muy criticada y condenada, pues se entiende como una desvirtuación del concepto "salida procesional", y que nos resultó extraño comprobar que se practica en la ciudad hermana. Son aspectos que desidealizan en cierta medida el concepto de perfección que desde fuera se tiene de Sevilla, lo que no quiere decir que la ciudad, su Semana Santa, y la mayoría de sus gentes, sean maravillosas. Pero no es oro todo lo que reluce.

Un servidor quiere agradecer a la Hermandad del Beso de Judas que ayer llenasen de esperanza a los que ya no contaban con ella.
Fotografías: Fco. Javier Baños, Javier García Marín y Jorge Bueno




