sábado, 21 de junio de 2008

El presidente menos capillita de la historia del Consejo de Cofradías termina su mandato. Su pasión por el golf, los viajes y los puros habanos, su estética alejada de la ortodoxia cofradiera y su presencia justa y medida en actos y funciones religiosas propician un perfil muy distinto del de sus antecesores. E incluso del de alguno de sus posibles sucesores. Valga como ejemplo que no ha sido un presidente con el cd de música cofradiera en el coche. Muy al contrario. Y bien que se ha notado en este tiempo en el que no ha dejado de cultivar sus amistades, que en la mayoría de los casos poco tienen que ver con la Semana Santa. Manuel Román dice adiós a una institución a la que ha estado vinculado durante dieciséis años. Primero como consejero de Gloria, después como tesorero y finalmente como presidente durante dos mandatos. Cuando alcanzó la máxima responsabilidad se encontró un organismo oxidado, excesivamente anclado en los formalismos y necesitado de una modernización tanto en sus estructuras como en su gestión. Con Román se ha pasado de los abonos de cartón de las sillas -expendidos en mesas a pie de calle con el popular cartel de Se alquilan para toda la Semana Santa- a tramitar las solicitudes por Internet con el pago efectuado en ventanilla bancaria.

Este farmacéutico de profesión encontró la fórmula magistral para dar un vuelco literal al esquema de explotación del negocio de la carrera oficial, la gran gallina de los huevos de oro de las cofradías. De los silleros, a la empresa Arcasur. Y de la empresa Arcasur a la explotación directa para reducir intermediarios en la cadena y asegurar los máximos ingresos a las hermandades. En estos ocho años también se han modificado los criterios de reparto de unas subvenciones que ya no se basan exclusivamente en el número de pasos.

La gestión de los fondos económicos ha sido clave en sus dos mandatos. De hecho, pocos meses antes de llegar a la presidencia, le tocó vivir como tesorero el escándalo del IVA adeudado de las sillas y palcos de la carrera oficial. El Fisco levantó acta de los impagos de una serie de años e impuso unas sanciones de las que el Consejo se libró tras pasar un calvario hasta lograr una exención gestionada desde un poder político detentado entonces por el PP. Pero aquel Consejo quedó tocado. Tuvieron que convocarse asambleas con carácter urgente que revelaron que no se había informado de las inspecciones fiscales a los máximos interesados: los hermanos mayores. Pese a todo, la figura del entonces tesorero quedó impoluta y su carrera hacia la presidencia no tuvo más espinas que la de superar en las urnas al candidato Jesús Creagh Álvarez de Toledo.

Cierto es que a su llegada al principal sillón de la institución, las hermandades de gloria recibían una ayuda 36.000 pesetas. Ahora, a escasos días de su marcha, las deja con una subvención cercana a 3.000 euros para cada una. Ha sido uno de sus grandes logros para con estas hermandades. Y no menos verdad es que en su vieja etapa de consejero de esta sección, precisamente junto al hoy candidato Joaquín de la Peña, promovió la mudanza del acto del pregón. Del Lope de Vega al Patio de los Naranjos de la Catedral y luego al altar del Jubileo.

Román ha tratado como presidente de elevar el perfil del pregonero de la Semana Santa. Lo consiguió, curiosamente, en su primer y en su último año de ejercicio. De Carlos Herrera al escritor Antonio Burgos. La designación de Burgos le costó una auténtica crisis interna que derivó en la dimisión del vicepresidente Eduardo del Rey, que se había presentado como su número dos, artífice del veto sorpresivo a la candidatura del escritor en las votaciones de 2006 al exponer que algunos de sus textos más críticos con el mundo de las hermandades le inhabilitaban para ser el vocero oficial de la Semana Santa. Román insistió en 2007 y asumió con éxito el objetivo de saldar una deuda de la Sevilla cofradiera con quien lleva más de 40 años escribiendo de cofradías y cuya obra es fuente de inspiración creadora de escuela.

En sus relaciones con la autoridad eclesiástica ha tenido luces y sombras, pero siempre ha apostado por el diálogo y jamás por el distanciamiento o el uso de la prensa para enviar mensajes. Terminó por resignarse a que cada cuaresma fuera el Arzobispado el que tomara decisiones polémicas que terminaban marcando la agenda de la actualidad en un tiempo de máxima expectación: la invitación del cardenal a las mujeres a interponer recursos si en sus hermandades no les dejaban vestir el hábito nazareno, los requerimientos económicos por carta a las distintas cofradías sin previo aviso, el anuncio de constitución de un Consejo Diocesano de Hermandades o el pábulo dado la Resurrección hace dos años para introducirse en la nómina del Sábado Santo. Pocas cuaresmas tranquilas ha vivido Román como presidente, que por lo general ha sabido llevar con tino sus relaciones con el Ayuntamiento. Consta un único sobresalto vivido una mañana de Viernes de Dolores, cuando la Delegación de Fiestas Mayores, entonces liderada por el Partido Andalucista, ordenó desmontar la tribuna de la Campana por la denuncia de un comerciante de la calle Martín Villa. Tuvo que mediar en el asunto el entonces consejero de la Junta, Juan Ortega, con quien Román ya tenía una fuerte amistad personal de su anterior etapa municipal. Con Antonio Silva como director de Fiestas Mayores no fue la cosa tan boyante, pues el periodista, curtido en las lides cofradieras, hizo valer sus conocimientos en la materia para reforzar la posición del Ayuntamiento en un área tradicionalmente dejada al arbitrio del poder cofradiero. Román aceptó entonces las reformas que el Consistorio propuso para modernizar el escenario del Pregón, con excesivos representantes desconocidos de instituciones cuya presencia se hacía cada vez más difícil de justificar.

En ocasiones complicadas, como el encierro de los mineros en la Catedral a escasos días del Domingo de Ramos, supo demostrar diálogo y sensibilidad, llegando a intimar con los trabajadores, a los que visitaba de madrugada. En su cuenta pendiente queda la reforma de unos estatutos unánimemente considerados como desfasados y la creación de un tribunal de arbitraje al que le instó la autoridad eclesiástica en un exhorto pastoral, pero que él nunca ha considerado necesario. También termina su doble mandato sin haber logrado cuajar el manido proyecto de la acción social conjunta, a pesar de que ha sido una de sus grandes inquietudes. Bajo su presidencia sí se ha elaborado el libro blanco de la acción social de las hermandades, un documento que permitió cifrar en un millón de euros anuales el dinero que mueven las cofradías en labores asistenciales.

 

Diario de Sevilla


Publicado por nazarenodelaO @ 12:59  | Sevilla
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