El paso del tiempo conlleva que el patrimonio cofrade deba restaurarse para permanecer generación tras generación en las mejores condiciones posibles, pero cada vez que llega el momento de restaurar a los titulares de la hermandad más de uno se echa a temblar ante la opción de que manos inexpertas e/o inapropiadas toquen aquello que debería estarles vetado.
Suelen pasar dos cosas en estos casos. Un sector propondrá que la restauración la lleva a cabo un afamado imaginero, mientras que otros propondrán que sean restauradores profesionales quienes la lleven a cabo.
La gubia se creó para tallar, para dar forma a la madera, no para consentir caprichos del cofrade de turno que pide ojos abiertos cuando la Dolorosa tiene los párpados caídos.
Restaurar es recuperar lo que había o restituir al estado originario, con lo cual no vale el uso de policromías que se nos vende como de la época en cuestión pero que el autor después aplica a cualquier imagen sea del siglo que sea.
Restaurar es que las generaciones venideras recen ante la misma imagen al que rezaron sus antecesores, es respetar a un artista anterior en el tiempo y honrar una profesión, la de restaurador, que no está al alcance de cualquiera por el simple hecho de ser un maestro de la talla.
Restaurar no es una moda, es una necesidad, a la que por suerte las hermandades están aprendiendo a valorar, aunque aún haya algunas que no entiendan que como en todo, las mejores manos deben tratar lo que más queremos.
A los hechos nos remitiremos, si no nos gusta algo en nuestra imagen, lo mejor es plantearse cambiarla, nada de intentar transformaciones que acabarán deformando el icono originario. Algo que a lo que alguien se prestará, pero que si eso sucediera con una obra suya, al cielo clamaría.
Es curioso ver como afamados imagineros se indignan ante restauraciones ajenas sobre sus propias tallas, cuando ellos mismos han tenido la oportunidad de modificar otras, de artistas no solo anteriores y que ya no viven para oponerse, sino superiores. Cuan frágil es la memoria a veces.
Restauraciones si, pero no a cualquier precio ni en manos de cualquiera. Grandes profesionales hay que aseguran un buen trabajo, en última instancia el bendito IAPH, a quien tanto deben agradecerle las hermandades. Que no es lo mismo una obra de nueva factura que restaurar la que ya tenemos. Y de los errores hay que aprender y no hay cabida para uno más, ya los ha habido en abundancia y de enormes proporciones. Por favor, las gubias quietas y donde yo pueda verlas.