Amargura y no es la sublime marcha que estremece a aquel que la oye cuando delante suya tiene a la Madre de Dios andando a sus sones o cuando en un concierto un escalofrio te recorre la espalda soñando con ese momento protagonizado por esta marcha.
Amargura, advocación del dolor y del llanto o también de sensación de impotencia y frustración al ver como una hermandad no avanza pese a que una gestora impuesta por el obispado lleva años entorpeciendo más que facilitando las cosas.
Amargura, cuando con las puertas abiertas de la ermita no puedes pasar porque así lo han pensado los responsables de turno, esos que si de verdad sintieran la hermandad habrían cesado de motu propio. Para que dejar, aprovechando que abres la ermita porque otra hermandad te visita, que la gente entre a ver a tus titulares, ¿aumentar la devoción? Para qué, si Ella está coronada y a ciencia cierta devoción no le falta. Menos mal que el día que el bandido buscó refugio en la Virgen no se encontró a nadie que le impidió el paso, que lo mismo habríamos tenido que cambiarle el nombre con que popularmente se conoce a la hermandad.
Amargura o Zamarrilla, un ejemplo de lo que no es una hermandad, un ejemplo de cuando los responsables miran hacia otro lado y los intereses corporativos quedan en un segundo plano.
Amargura, la Niña guapa de Zamarrilla que no se merece una hermandad así. Donde el futuro pasa por evitar personalismos y antiguas dependencias sectoriales, donde la juventud debe asumir la responsabilidad, porque ya demostraron de lo que son capaces.
Amargura, por ver a la hermandad de Zamarrilla que sigue un día más en manos de una gestora que no debería seguir ni un instante más.