Viernes de Dolores. El día que marca que en 48 horas Jesús entra en nuestro particular Jerusalén. Viernes de traslados, procesiones, vía crucis, de felicitar a la Madre de Dios en su advocación de Dolores, por mucho que la fiesta se trasladase al 15 de septiembre. Viernes grande ante de lo más grande. Viernes, de dolores, porque duele el cuello, de tanto mirar al cielo, y la cabeza, de analizar tantas previsiones meteorológicas, con lo de acuerdo que estaríamos todos los cofrades en pagarle por estas fechas unas vacaciones en las Azores a nuestro amigo el anticiclón, ese al que habría que nombrar hermano mayor honorario perpetuo. También viernes, de dolores, cuando en época estudiantil toca recoger las notas y ya sabemos que la Cuaresma y los estudios no casan muy bien. Viernes de reencuentros, de cofrades que llegan a su ciudad, de calles que recuperan la vida, antiguos vecinos que llegan a los que fueron sus barrios. Viernes de Dolores, porque las vísperas tocan a su fin.