Templada la voz, repasan el texto, los nervios que aumentan. Queda poco para cantar su visión de la Semana Santa. Es hora del Pregón, el oficial, el grande, ese con el que sueñan muchos cofrades y al que tan sólo unos cuantos están llamados. Incluso hubo cofrades ejemplares que rechazaron darlo por no creerse merecedores de ese mérito. Otros en cambio recibieron tan alto honor sin merecimiento alguno, por razones que la razón no entiende. Y es que el cofrade desea que sea uno de los suyos quien le cuente lo que ya sabe, que le emocione recordándole lo que viviremos en una semana, que le hable de lo que se siente cuando ser cofrade es su forma de vida, por eso molesta que el Pregón lo dé gente que pese a su perfecta oratoria y su mejor capacidad escritora no saben ni entienden cuanta pasión y cuanto amor se esconde bajo un capirote, cuantas horas cuesta sacar una cofradía adelante o como la mano izquierda no sabe lo que hace la mano derecha. Por eso los cofrades siempre preferiremos a uno de los nuestros, que sabe, sufre y entiende como los demás. Que no sólo dice palabras bonitas bellamente enlazadas cantando a la Madre de Dios sino que habla con Ella porque Ella lo es todo para él.