jueves, 28 de febrero de 2008

Si no fuese porque estábamos a finales del mes de febrero, porque el Señor de la Sagrada Entrada en Jerusalén no iba en su paso, sino en andas -tampoco iba Zaqueo-, ni los niños llevaban la túnica, nadie diría que no era Domingo de Ramos. Porque el traslado ayer, del Señor de la Sagrada Entrada, se convirtió en un calco a lo que cada primer día de la Semana Santa se ve por las calles sevillanas al paso de La Borriquita.

 

Al igual que lo que aconteció el día anterior, la calle Laraña se llenó por completo para el traslado del titular de la Hermandad del Amor a la iglesia colegial del Divino Salvador. Pero a diferencia del anterior, en esta ocasión ambas aceras estaban repletas de pequeños con sus padres. La algarabía era tremenda. Hoy es fiesta y, por lo tanto, cabía estar más tiempo de la cuenta en la calle.

 

Indumentaria de Domingo de Ramos en la chiquillería e incluso en sus padres. La noche había caído sobre la ciudad pero el ambiente que reinaba era de mañana de Domingo de Ramos. A la Borriquita le esperaba, tras cinco años de espera al igual que al Santísimo Cristo del Amor y a Nuestra Señora del Socorro, su capilla en el Salvador.

 

Dentro de la Anunciación, el hermano mayor, Luis Torres Palazón, daba las últimas instrucciones, dirigidas sobre todo a los padres, mientras se procedía al tradicional reparto de cirios -velitas- que el día 16 de marzo portarán en el cortejo, ya con la blanca túnica nazarena, esos niños. «Los padres, por favor, se situarán por fuera del cortejo para acompañar a sus hijos».

 

A las ocho de la tarde se abrían las puertas de la Anunciación y comenzaba la vuelta a casa. Cirios encendidos, pequeños rostros iluminados por la luz de las velas y caritas de asombro de ver el gentío que se arremolinaba a ambos lados de la calle.

 

Un cuarto de hora después aparecían los ciriales y, tras ellos, las portentosas andas que llevaban al Señor de la Sagrada Entrada en Jerusalén.

 

El discurrir por Cuna fue tranquilo pero sin pausas. Y en la Plaza del Salvador, prácticamente llena de niños y mayores, el runrún fue mayor cuando se abrió la verja del Salvador y la puerta dejó entrever, al final del templo, el impresionante retablo. Contraste con respecto al día anterior. «El burrito ya viene por ahí», decía una pequeña a sus padres mientras desembocaba en la plaza. A diferencia del martes, no hubo ruido de cristales rotos. Algo es algo.

 

Subida por la «rampla» y multitud detrás de las andas queriendo entrar en la iglesia. El traslado del Amor quedó consumado cinco años después de su partida.

 

ABC Córdoba


Publicado por nazarenodelaO @ 11:38  | Sevilla
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