Diversas formas de penitencia sufre el cofrade y no únicamente cuando sale en su hermandad, aunque vestir la túnica nazarena incluye el peaje de los niños que persiguen la gota de cera que cae independientemente de este el cortejo parado o andando y para colmo con el visto bueno, mejor dicho, con la connivencia de los padres que lo único que pretenden es que no los molesten. También paga peaje el integrante de una hermandad cuando los focos televisivos lo ciega, cuando estima que sería necesario pasar por esa parte del recorrido con gafas de sol pese a que sea de noche, pero es que ponen tantas luces que a lo mejor por la tele se ve maravillosamente pero molesta y de que manera a una hermandad, eso por no hablar de las cámaras móviles cuyos brazos sobrevuelan sobre los nazarenos o parecen meterse en el palio. Penitencia no exclusiva del nazareno es el gracioso de turno que no tiene otra cosa que hacer que ponerse a contar chistes o a hablar a un tono más elevado del que sería recomendable que sencillamente te rompe el momento, con los grandes que son las ciudades y tan sólo es una semana y a nadie obligamos a que vayan a ver procesiones, al que no le guste que no venga si no quiere, pero que si viene que al menos respete. Y es que creo que todo esto ocurre por falta de empatía, porque vivir en clave cofrade no está al alcance de cualquiera.