Que paradójico puede resultar el mundo cofrade donde es siempre más probable ver la paja en ojo ajeno que la viga en el suyo propio. A veces nos embarcamos en proyectos sociales de una envergadura enorme que requiere de muchos medios y personas y gracias a Dios llegan a buen puerto. Haz el bien y no mires a quien que se suele decir, pues si, pero no niegues a tu hermano cosas más simples y sencillas, porque de que sirve intentar arreglar el mundo mientras nuestra propia casa se nos viene abajo.
Porque si la caridad es importante, el amor lo es mucho más. Y a veces ni lo uno ni lo otro, al menos dentro de la hermandad. Ya no hablo de que seamos capaces de perdonar o siquiera tratar humanamente a otro hermano que opina distinto a nosotros, algo que parece quedar para espíritus privilegiados que escasean. Hablo de actitudes mostradas en la estación de penitencia o en los días previos a ella cuando ilusionados los hermanos acuden a retirar su túnica o su puesto. Casos tan graves como no dejar salir a un hermano en silla de ruedas por ir en el último tramo y romper la estética o hacerle quitar a un hermano las gafas por la misma peregrina razón. Quien lo entienda que me lo explique, creo que los mandamientos se resumían en dos y no se hablaba de primar la estética por encima de todas las cosas. Lo que no sé es como el irresponsable de turno pudo seguir durmiendo tranquilo.