La Madre María Dolores las reunió donde suelen verse para hablar las cosas del convento. Se la debió de notar con un poco de alteración porque alguna hermana pensó que ese rostro no era el acostumbrado.
Cuando se reunían, y no era para rezar, hablaban de los techos que se caían, de las penurias o de la caridad de los vecinos gracias a los cuales podían comer. Estaban acostumbradas a los problemas. Son solo doce hermanas, la mayoría con achaques. Cosas de los años.Tuvieron que dejar de coser para la calle o de meter cartas en sobres -a ellas eso del «mailing» les sonaba a chino- porque a la vista empezaron a llegarle nubes. Hoy el rostro de la superiora, enmarcado con solemnidad en el hábito era diferente ¿Dios mí, qué habrá pasado, de qué querrá hablar hoy? Junto a la estufa, la Madre María Dolores les dijo lo que le acababan de pedir un rato antes en la sala de visitas. Hasta la celosía crujió de alegría. «Hermanas, nos han dicho que si podemos tener aquí al Gran Poder. Qué os parece». Esa noche alguna de ellas humedeció la blancura de la fría almohada. ¿Cuántos años hacía ya que no lo veía? Era una niña cuando de la mano de su madre conoció al Señor un viernes de marzo en San Lorenzo.
Recuerda las muchedumbres que se agolpaban en la pequeña capilla, hombres y mujeres con el hábito morado y el cordón amarillo. Sí, de niña ella iba cada viernes a besarle el talón y a recitarle un «Padrenuestro» mientras respiraba el olor de la cera quemada en los lampareros. Una sola vez le vió cruzar las calles, porque al poco tiempo ingresaba en la clausura. ¿Cuántos años hace? Se da la vuelta en la cama e intenta contar los años que lleva en Santa Rosalía intuyendo la presencia del Gran Poder cuando en la amanecida del Viernes Santo la comunidad supone que el cortejo pasa al lado del convento. Jamás se han asomado a verlo porque a esa hora, las siete de la mañana, están rezando.
Ahora está deseando quitar el Belén. Si fuera por ella empujaría las cadenas del tiempo para que el reloj marque pronto la hora de abril. Ya que no puede ir a verle, el Señor vendrá a su casa. Esto sí que es un milagro. Al subir a su celda se ha dado cuenta de que en la clausura, lejos del brillo de los panes de oro que recubren los retablos de Cayetano de Acosta, la Virgen del Tránsito, al enterarse de la visita, ha despertado y se está haciendo la dormida. Nadie en el convento va a desaprovechar ni un instante la presencia cercana e íntima que les va a regalar el Gran Poder; el Dios de Sevilla, ahora también Señor de las Capuchinas.
José Cretario
ABC Sevilla