Miles de personas, tantas que parecían desafiar los límites geográficos para una procesión que aún conserva una justa medida, volvieron ayer a hacer del 15 de agosto la genuina mañana de la Virgen en el misterio de su Ascensión.
La Virgen de los Reyes, arrastrando la más íntima devoción de Sevilla, compuso de nuevo el tapiz que garantiza la vigencia y la perpetuación de su esencia.
Volvió la procesión a su recorrido habitual desde 1958, fecha en que lo instaurara el cardenal Bueno Monreal, tras el paréntesis que supuso el año pasado la visita de la Patrona de la Archidiócesis al Barrio de Santa Cruz, que tanto gustó por su recogimiento y su tipismo. Acabadas las obras de la Avenida, que dejaron su paisaje de postes muertos con cables de catenarias, el viejo paso de tumbilla de la Virgen de los Reyes se dejó ver enmarcado en el nuevo marco que nunca quedaría registrado a carboncillo. Quizá, para el público, que ya vio desfilar el interminable Corpus en esta estrenada cartografía de la Avenida, las catenarias se diluyeron entre los mástiles de los gallardetes y la majestad de la Virgen, que atrae todas las miradas hacia ella. El momento sólo quedó roto cuando el capataz, Eduardo Bejarano, paró el paso junto al magnolio de la esquina de la calle Fray Ceferino González,y la Virgen quedó tapada por uno de los postes del tranvía. El alcalde, Alfredo Sánchez Monteseirín, se llevó las iras del público, que siempre guarda un admirable comportamiento en esta procesión, en forma de abucheos y silbidos.
Ayer, desde muy primera hora de la fresca mañana, los alrededores de la Catedral comenzaron a verse invadidos por los fieles, los devotos -llegados incluso andando desde el Aljarafe-, los curiosos, los turistas... Al público habitual, masivo todos los años, se unieron probablemente aquellos a los que la subida del Euribor comiéndole el terreno a las rentas y a las hipotecas han castigado con menos días de vacaciones y por los que no se perdieron, ya por la noche, el partido del Sevilla contra el AEK de Atenas en la previa de la Liga de Campeones, y aprovecharon la mañana para vivir uno de los más bellos rituales de fe de Sevilla, en los que se reitera una de sus mayores solemnidades, la festividad de la Ascensión de la Virgen en cuerpo y alma a los cielos. El día llevaba consigo muchos detalles que no pasaban inadvertidos: el estreno de la Corporación municipal en la procesión, con su alcalde, nuevamente, a la cabeza, acompañado por el presidente de la Diputación, Fernando Rodríguez Villalobos, también repitiendo en el cargo, junto a nutridísimas representaciones de concejales, este año muchos del PSOE , como siempre, aún más del PP y con la ausencia habitual y clásica de IU; el Consejo de Cofradías, con Manuel Román, su presidente, y sin Eduardo del Rey, su dimitido vicepresidente, con la sombra del debate y la pugna por quién llevará en el nuevo mandato las riendas de entidad tan complicada y anclada en el pasado.
Pero, sobre todo, sin alharacas o fastos especiales tan del gusto de algunos , se conmemoraban los cinco lustros de la llegada de fray Carlos Amigo Vallejo a a la Muy Mariana Ciudad. Imponente y mayestático, como siempre, el cardenal, revestido con una capa pluvial azul inmaculista, seguía con su báculo a la Virgen de los Reyes, una de sus mayores devociones.
Antes, a las ocho en punto, con el recorrido abarrotado y la Plaza que lleva su nombre a rebosar, la Virgen de los Reyes hizo su aparición en la Puerta de los Palos, tras presidir las misas desde las cinco y media de la mañana. La gente cabía, casi imposiblemente, en la plaza y se apretujaba en el que parecía mínimo espacio entre las vallas y los muros del Convento de la Encarnación, donde las agustinas, tras las altas ventanas guardadas de celosías de la clausura, miran, cada año, irse y volver a la Virgen.
Es la de ayer una procesión de silencios exquisitos sólo resquebrajados por las campanadas de la Giralda. Son los silencios de un pueblo cristiano que enmudece de admiración cuando el ajado palio de tumbilla casi se mimetiza con la piedra catedralicia y comienza a intuir que la Virgen está ahí esperando las cientos de miles de pequeñas y caseras letanías que se hilvanan dentro de los labios. Y es también una mañana de contradicciones, que hacen chocar las inevitables sillas plegables playeras con el blanco de las mil perfumadas varas de nardos del paso, o que incomodan, como las vallas que acotan las zonas de la Catedral y que ayer provocaron auténticos atascos de gente, como el que se vivió en la Puerta de San Miguel, única abierta para entrar y salir el público que quería asistir a la misa estacional cantada por monseñor Amigo.
Volvió ayer a cumplirse el rito de cada 15 de agosto y a quedar, no obstante las paradojas salvadas por esa lágrima que se escapa al ver y pedir las tres gracias recién tocadas por el sol a la Virgen, por esa emoción de oir aplausos cerrados cuando, con su paso marcial, desfila la compañía de honores del Ejército, o por la comunión colectiva de fe y devoción que sintieron, de nuevo, miles de sevillanos.
ABC Sevilla