La nueva configuración de la Avenida de la Constitución depara alguna que otra sorpresa a quien asiste a la procesión de la Virgen de los Reyes con la idea preconcebida de que las catenarias deslucirán en gran medida la vuelta al recorrido clásico de la Patrona. El prejuicio se convierte en juicio más que certero cuando el palio de tumbilla atraviesa el itinerario del tranvía. Pero, si uno logra abstraerse de los elementos arquitectónicos del Metrocentro, los fieles a esta cita pueden disfrutar de algunas ventajas con el nuevo diseño de la Avenida.
Primera sorpresa. A la altura de la Punta del Diamante, la calle central tiene un desnivel –ese mismo que denunciaron los comerciantes en su día temiendo que se inundaran las tiendas cada vez que lloviera– que antes no existía y que dota de una panorámica espléndida a quien se sitúa justo enfrente de la calle Alemanes, en la embocadura de García de Vinuesa. Al tener el punto de mira algo más bajo que la línea del horizonte, la sensación es la de que el cortejo de la Virgen de los Reyes desciende directamente hacia el espectador, como si éste estuviera ubicado justo en el punto más bajo de una pendiente. Por eso se aprecia con todos sus detalles la vuelta del paso de la Patrona desde Placentines y la bajada por Alemanes con los primeros rayos de sol dotando de cierta magia a la escena.
Segunda sorpresa. La mística se rompe al mínimo desplazamiento lateral de la pupila del espectador, que si gira su visión unos milímetros a la izquierda se topa con la ecuación catenaria+luminoso de cierta cafetería que supone un impacto demoledor. Si el movimiento es a la derecha, la fórmula no tiene un resultado mucho mejor: catenaria+andamio de restauración que cubre toda la fachada de la parroquia del Sagrario.
Tercera sorpresa. Lo que afea a la vista se compensa con otros sentidos: el oído disfruta con los ecos lejanísimos de Corpus Christi y el olfato se resarce del nauseabundo olor que desprende un husillo cercano con el perfume del sahumerio que precede al paso. Una vez que la Virgen ha llegado a la esquina ya no hay manera de eludir visualmente las catenarias, por mucho gallardete y banderola que el Ayuntamiento haya instalado un año más tratando de embellecer el recorrido de la procesión.
Los postes del tranvía contrarrestan el poderoso efecto del desnivel del suelo y deslucen la vuelta de la Virgen de los Reyes a su itinerario habitual tras el paseo del año pasado por el barrio de Santa Cruz debido a las obras de la peatonalización. De ello se habla en la puerta del horno San Buenaventura, cuando ya se pierden en la lejanía el palio de tumbilla. “Oiga, ¿y los palos estos tan gordos van a estar ahí también en Semana Santa cuando pasen por aquí todas las cofradías?”. “No, señora, me parece que no, que el Ayuntamiento los quiere quitar”. “A ver si es verdad”.
La cuarta sorpresa viene motivada de nuevo por la pendiente, esta vez para el que se coloca en la esquina de Correos. Ahora el desnivel permite ver cómo se aleja el paso de la Patrona y admirar el manto de color salmón que luce este año. La música, Estrella Sublime, llega muy débil. La banda está demasiado lejos del paso y entre ambos hay muchas representaciones. Hay gente que ve pasar la Virgen y ni siquiera espera a que termine el cortejo. “Al Consistorio no merece la pena quedarse a verlo”, suelta uno. Su acompañante hace oídos sordos y el hombre repite lo del Consistorio, haciendo énfasis en la segunda ese de esta palabra que parecen haber recuperado los periódicos para evitar la repetición del vocablo Ayuntamiento.
Pasa el alcalde sin demasiados comentarios ni a favor ni en contra y se va formando una riada humana que toma por García de Vinuesa y vuelve a subir por Arfe en dirección al Postigo. La cola de la calentería va tomando cuerpo y antes de que la Virgen rebase el convento de la Encarnación hay ya gente ansiosa de calentitos en la puerta del restaurante La Isla, cerrado por vacaciones. Una lotera trata de sacar partido durante la espera. “¡¡¡El extraordinario!!!, Cómprelo, oiga, que la Virgen de los Reyes le va a dar los 20 millones, que le va a traer suerte”.
Quien opta por no esperar tanto busca unos metros más arriba la opción de la tostá en la cafetería Avenida Correos. Ahí tampoco se cabe. Hay mucho público aún viendo el paso de los soldados que cierran el cortejo. El hecho de que la festividad haya caído en miércoles, en mitad de la semana, influye en que haya más gente viendo la Virgen porque no hay puente y la ciudad está más poblada. También está quien interrumpe sus vacaciones para ver a la Patrona. “¿Qué tal por Islantilla?”. “Está muy bien, genial, el piso está perfecto y aquello es estupendo. Eso sí, el agua muy fría, helada”. “¿Y qué, os vais ahora otra vez?”. “No, ya nos iremos esta noche después del partido del Sevilla, que con lo que ha costado este año el abono...”
Quinta sorpresa. Se gana en gente pero se pierde en elegancia. El 15 de agosto tiene sus ritos, como los de las familias que llevan décadas viendo la Virgen en el mismo sitio, y también tiene su estética. El traje y la corbata, por ejemplo, han caído en desuso salvo para los que componen el cortejo. La chaqueta ha ido también perdiendo adeptos aunque aún se vea alguna. Y eso que ayer el calor no servía de excusa porque la temperatura era muy agradable. 21 grados marcaba el termómetro del cruce de la Buhaira y Luis Montoto a las siete de la mañana.
En los hombres se impone la moda del polo de manga corta generalmente de color azul marino o de algún que otro tono pastel metido por dentro de unos pantalones chinos beige y los zapatos náuticos. Otra opción muy secundada es la de la camisa de manga larga remangada hasta los codos. Ellas parecen arreglarse más y hay más variedad en los atuendos. El auge parecen experimentarlo los vestidos con flores estampadas y tonos en rojo. Zapatos cómodos que el día requiere más de una hora de espera a pie parado.
Y así se va pasando la mañana entre procesión, misa, desayunos y charlas. La Virgen entra a las nueve y media y la Plaza del Triunfo aplaude a la soldadesca que desfila ante la Patrona y le rinde honores en la Puerta de los Palos. Salen bolsas de obleas del convento de la Encarnación y el monumento a la Inmaculada está repleto de personas encaramadas para divisar el cortejo desde las alturas. A unos metros un joven toquetea la máquina que regula el punto de alquiler de bicicletas de la Plaza del Triunfo, ese mismo que tendrá que ser retirado de allí por el impacto visual que supone frente al Real Alcázar. Queda sólo una bici para alquilar, aunque no parece que hayan sido muy empleadas hoy para acudir al centro a ver a la Patrona.
El autobús sigue siendo el medio de transporte más utilizado y prueba de ello es que todos los que llegaban a la Puerta de Jerez a primera hora de la mañana venían repletos. Algunos ni paraban y era difícil encontrar un taxi libre, como cada festivo del año en esta ciudad. Por ello llegan tarde dos señoras ya mayores que se lamentan en la esquina de Correos. <>, dice una. La otra asiente y permanece en silencio.
Al menos estas mujeres ven el desfile que cierra la procesión y se dirigen hacia el interior de la Catedral para asistir al Pontifical posterior. A las 9.58, los empleados de Lipasam limpian las calles por las que pasó el cortejo, menos de treinta minutos después de la entrada. A esa hora hay quien pone rumbo a la playa. A muchos aún le quedan quince días de descanso.
Diario de Sevilla