martes, 14 de agosto de 2007
Cuentan las viejas crónicas que, en cierta ocasión, una buena mujer acudió a visitar a su prelado, un ilustre cardenal, para exponerle su problema: su hijo, sacerdote de esa misma diócesis, no iba a visitarla. No más acabada la audiencia, el cardenal mandó recado al sacerdote objeto de las quejas de su madre, para poner remedio a su desapego.

Tras afearle su conducta y el descuido de los deberes del cuarto mandamiento, el cardenal preguntó al sacerdote si tenía algo que decir. «Eminencia, ¡pero si voy a verla todos los miércoles, los viernes e incluso algunos lunes. Más no puedo, sin dejar desatendidos a mis parroquianos!».

El bueno del prelado estaba dispuesto a llegar al final del asunto, así que hizo llamar de nuevo a la madre.

-Vamos a ver: ¿va tu hijo a verte dos, o hasta tres, días cada semana?

-Sí, Señor cardenal.

-Entonces, ¿por qué me has dicho que no iba a visitarte?

-Perdóneme Su Eminencia; ¡pero es que le quiero tanto que necesito verle todos los días!

El cardenal no respondió. Le dio a besar su anillo y la despidió, conmovido. Algún meticuloso cronista recogió este pequeño sucedido, que ha llegado a nosotros.

Hoy diríamos que, ¡ya se sabe!, las madres siempre han sido así: puro sentimiento. Sin embargo lo que esta buena mujer manifestaba no era sólo sentimiento, sino amor. Amor que se concreta en la necesidad de la presencia física del otro, oír su voz, coger sus manos, mirarse en sus ojos; pero que no se agota sólo ahí, porque se fundamenta en algo más profundo: el querer lo mejor para ese otro, el encontrar mi realización en el bien del otro.

Explican los expertos que el amor -también el amor humano- tiene tres dimensiones: sentimiento, nadie se enamora de alguien que no le atrae; inteligencia, siempre se quiere conocer más y profundizar sobre la persona amada y las implicaciones de ese amor, y voluntad, esa relación amorosa ha de fundamentarse también en una lealtad y fidelidad a los compromisos libremente adquiridos, que la pongan a resguardo de desfallecimientos del sentimiento. En consecuencia un amor puramente sentimental es tan pobre como frágil.

El amor, o la devoción, de un cofrade a Jesucristo o a la Virgen, concretado en las imágenes de su hermandad, es un noble amor humano. El corazón se desborda a los pies de esa imagen, del Hijo o de su Madre, ante la que se bautizó, a la que encomendó sus problemas adolescentes, fue testigo de su compromiso matrimonial y, quizá, recogió la última mirada en la tierra de sus seres queridos.

Es muy humana esa necesidad de materializar el amor a Dios, o a su Madre, en imágenes que quedan ligadas a la memoria sentimental, personal o familiar; pero más humano aún es trascender ese mero sentimiento y fundamentarlo en la fe y la voluntad.

El camino no es fomentar el sentimentalismo, que va de fuera adentro, para encontrar allí un vacío desolado. La fe no se construye desde fuera hacia dentro, sino desde dentro, desde la inteligencia, complementada por la Revelación, hacia fuera, donde se revalida con la contemplación de sus titulares en la capilla de la hermandad, o paseando por las calles de Sevilla, en una catequesis plástica que alimenta sus sentidos y refuerza su fe.

El amor pide siempre conocer más de la persona amada, no quedarse en lo externo, en las apariencias, eso sería sentimentalismo o, lo que es lo mismo, la degradación de la más noble capacidad humana: la de amar. La ignorancia no es una virtud y quedarse anclado en un puro sentimiento tampoco.

Hay sentimentalismo cuando los cultos se centran exclusivamente en el montaje del altar y no en la ocasión de tratar más de cerca a la Madre y a su Hijo; cuando el estremecimiento de una levantá a pulso no se transforma en oración, sino en puro goce estético, y cuando la única reflexión que provoca el paso de la Madre de Dios es la mayor o menor pulcritud en los pliegues de la saya. A veces ni siquiera se llega a eso, como cuando se monta una polémica por la elección de una banda de música, por el nombre del capataz que guiará al Señor, o a su Madre, por las calles de Sevilla o cuando se confunde la Campana con un estadio olímpico, con locutores cronometrando la duración de una chicotá.

En el extremo opuesto están los puristas, los que aborrecen cualquier expresión de religiosidad popular; los que nunca entenderían a la madre de nuestra historia; los que, parafraseando al poeta, de tanto mirar las normas, ya nada saben mirar; los que, al sofocar la afectividad, olvidan que Jesús amó -y nos ama- con corazón humano.

Ni «indiferencia estoica», que reduce la fe a una especie de laicismo moral, a un entramado asfixiante de obligaciones, a una fría racionalidad ajena a la caridad, ni «sentimentalismo pietista», que convierte la fe en puro sentimiento, en manifestaciones externas de piedad, que traen la emoción y las lágrimas; pero ayuno de formación doctrinal, que se queda en la epidermis, sin que afecte para nada a la persona.

La elegancia es cuestión de medida. La elegancia de Sevilla -la que va quedando- se refleja en la ponderación, en la armonía, que no es el punto medio entre dos extremos, sino saber situarse en un plano superior, alejado de los extremismos. En la Maestranza no triunfa el toreo tremendista, ni el frío perfeccionismo de los toreros de fuera. La pureza, la perfección, debe ir acompañada por ese pellizco indefinible que, sin suspender la razón, provoca un estremecimiento del alma. La elegancia interior es la armonía del cuerpo y el espíritu, naturaleza y gracia, dos realidades distintas e inconfundibles, pero de tal manera entrelazadas en la persona del cristiano que ésta es real e indivisiblemente una.

Es un ámbito de trabajo, tan amplio como apasionante, que se abre a las Hermandades. A la conservación e incremento de su patrimonio artístico, al cuidado en la organización de los cultos, a la eficaz gestión de sus obras asistenciales, hay que añadir lo que da sentido y sustenta a todo esto: la formación de sus hermanos. Las Hermandades son Asociaciones de Fieles, reguladas en el Código de Derecho Canónico (Cann. 298 a 329), con una finalidad y unos criterios de funcionamiento perfectamente definidos. No se trata ahora de hacer un estudio jurídico del contenido de estos cánones, sino de ir al espíritu de la norma. Este es evidente: servir a la Iglesia, mediante la animación de la sociedad con espíritu cristiano.

De aquí se desprenden dos consecuencias: para servir a alguien hay que estar en sintonía con esa persona o institución, atento a sus indicaciones y a sus sugerencias.

En nuestro caso, si la institución a la que se sirve es la Iglesia Católica, la sintonía debe darse con el Vicario de Cristo, el Papa, y quien, por su delegación, hace las veces de cabeza visible en la diócesis: el obispo diocesano. Se trata de servir a la Iglesia como la Iglesia debe ser servida. La segunda consecuencia es que, para realizar un buen servicio, es necesaria una adecuada formaciónpersonal, una formación doctrinal que sustente y de contenido a las manifestaciones de piedad. No bastan los voluntarismos, esa formación no se adquiere al rellenar una ficha en la que solicita ser admitido como hermano. Requiere esfuerzo permanente y una planificación adecuada.

Un apasionante programa de trabajo en el que algunas juntas de gobierno están inmersas y el resto habrá de incorporarse. Recuperar la medida, la elegancia interior, la armonía de apoyarse en lo humano para llegar a lo divino. Hacer de las hermandades espacios de formación en los que, desde la devoción, los hermanos vayan levantando el andamiaje de la formación doctrinal, indispensable para la construcción de una sólida vida interior. Sevilla necesita y espera a sus hermandades.

Foro de Opinión Cardenal Niño de Guevara

ABC Sevilla
Publicado por nazarenodelaO @ 14:19  | Sevilla
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