En el Patio de los Naranjos fue todo uno el descanso de las armas y el júbilo de las campanas. Apenas asomó la custodia de Arfe entre la penumbra y ya estaban los badajos anunciando el gozo de la fe pública en el centro de la ciudad, tocando orgullosos el himno metálico de la creencia compartida, de la exhibición fraterna de la esperanza cristiana.
La pieza de plata que portaba al Señor sacramentado se dejó ver -admirar- poco después de las ocho de la tarde. A esa hora se contaban a cientos y cientos de fieles en la Catedral y en sus alrededores para manifestar la vigencia del mensaje eucarístico con la voz inapelable de la oración. Quedaban entonces por delante noventa minutos de procesión hasta Las Tendillas, por unas calles alfombradas no sólo de romero y de juncia, sino sobre todo por el manto intangible de la veneración al cuerpo y a la sangre redentores.
Ocurría ayer que de Cardenal Herrero a Deanes, de Conde y Luque a Blanco Belmonte, de la Compañía a la propia plaza de Las Tendillas, campaba a sus anchas el nexo eterno de la fe. Ella fue la que levantó los diez espléndidos altares que dieron aliento divino a los componentes del cortejo y quien colgó de los balcones las banderolas, los mantones de manila y las enseñas nacionales. Ella fue también quien guió a los hermanos de la cofradía universitaria -que estrenaban presencia en la procesión con un retablo en la embocadura de la calle La Judería-; fue ella, la fe, la que de seguro encumbró a la Virgen de la Alegría en el altar de la Sentencia y la que motivó a los músicos de la Esperanza en La Compañía, donde entonaron «San Rafael» para rendir tributo al Custodio que había colocado allí la hermandad de la Expiración. Fue ella -sí, de nuevo la fe- la que engalanó con primor los altares del Carmen, de la Merced, de Jesús Nazareno, del Amor, de Remedio de Ánimas, del Santo Sepulcro y de la Misericordia.
Ocurrió que Córdoba se recreó en la conmemoración del sacramento de la Eucaristía. La marcha de la comitiva tuvo la cadencia de las cosas hechas con amor, sin prisa, con deleite. Porque no todos los días se ven a las siervas de María asomadas con sus telas de seda en los balcones de Blanco Belmonte, ni tampoco a varias decenas de niños vestidos de comunión acompañando al Corpus Christi.
No era cuestión de perderse, a cuenta de los rigores del protocolo, ni un solo cántico de los nutridos grupos laicos que precedieron a la custodia de Arfe. De manera que nadie se quejó de el cortejo llegara con media hora de retraso a Las Tendillas -lo hizo a las nueve y media de la noche-, porque había merecido la pena unirse a las melodías de «adoremos a Cristo redentor, cielo y tierra bendecid al Señor» o a «Señor, me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre».
Nadie lamentó la demora porque todo el mundo vio la entrega de los soldados de la Brigada con base en Cerro Muriano -desfilando o tocando en la banda-, porque todos percibieron la satisfacción que llevaban escrita en la cara los responsables de las hermandades de penitencia o de gloria que participaron en la procesión. Porque todos, en suma, supieron al pisar Las Tendillas, y antes de que el obispo se dirigiera a los fieles, que los balcones cárdenos que tiznaron la tarde de gozo eucarístico eran la prueba más clara de que la fe no entiende de presagios negros ni conoce a los agoreros. Su proclamación pública y jubilosa se encargó de desterrarlos.
ABC Córdoba