Casi de forma oficial, cual si un repentino clarín nos trajera una noticia añorada, inició Sevilla su cuenta atrás definitiva y la primera de sus hermandades realizaba su anual viacrucis por las más céntricas calles de la capital. Silencioso clarín es este del anuncio, a la vez que clásico en la estética de todo el entorno urbano que rodea y embellece de forma sublime este primer acto que los hermanos del Cristo de la Corona tienen el placer de llevar a cabo.
No cabe escenario más tradicional y lleno de tópicos que el que rodea este viacrucis inaugural, y que duda existe de que precisamente es así como debe ser. La Giralda y los centenarios muros de la Catedral servirán de inigualable decorado donde se recortará la efigie manierista de este peculiar y bello nazareno manierista, obra anónima realizada hacia finales del siglo XVI.
Desde su salida, pasadas las ocho de la tarde, el cortejo buscó refugio entre las ramas del Patio de los Naranjos de la Catedral, para posteriormente encontrar un decorado no menos enclavado en el corazón y la estética cofrade sevillana: el barrio del Arenal. Este hecho sumado a la mayor tardanza prevista este año durante este tramo del recorrido, despistó a no pocos, que vagaron durante largo tiempo por las calles del barrio de Santa Cruz esperando encontrarse entre el olor a azahar (otro clásico a sumar) con la presencia del primer cortejo cofrade oficial del año. Aún no era el momento y volviendo sus pasos, vieron aparecer las andas que diseñara A. J. Dubé de Luque y aun se encuentran en proceso de realización enmarcadas en el Arco del Postigo, nueva estampa con que recrearse, a la vez que imaginar momentos por llegar en poco más que una semana.
A través de una Plaza del Triunfo con la luz apagada, recortándose primero frente a la Catedral para posteriormente usar como telón de fondo la Alcazaba (bendito entorno), buscó como si no le fuese suficiente el Barrio de Santa Cruz. Bellísimas estampas entre la suave iluminación y frente al azulejo que en la Plaza de la Alianza tiene dedicado el Cristo de las Misericordias, cuya hermandad tiene el buen gusto de llevar el nombre de su hermoso barrio.
Encuentros y confraternidad entre conversaciones, a la luz de la cera y la llama, a su calor y a la vez en el frío que cada vez empezaba a apoderarse de la noche, parecieron resurgir las amistades que en torno a un cortejo cofrade suelen conformarse. Alegría en ver que todo parece nuevamente encajarse y cada pieza, sobre todo aquellas imprescindibles por su cordura y su sapiencia, vuelven a aparecer cuando alborea la primavera y se anuncia la Pasión. Cuantos de estos hacen falta que con su mero consejo y saber estar condujesen nuestras corporaciones por el camino cristiano que se presupone deben seguir. Que alegría el veros y escucharos, que contraste de palabras e ideas con la mediocridad imperante.
Nuevamente recortado sobre los muros de la Catedral, buscó el cortejo el amparo de las gradas y bajo la Giralda protectora de toda una ciudad nos reafirmamos todos los buenos cofrades en la convicción de la cercanía palpable; guarece bajo tu sombra Giganta de esta ciudad el caminar penitente de la Pasión que comienza.
Nuevamente la comitiva ya en la Avenida de la Constitución, cercana la entrada y ante los mosaicos fotográficos que una exposición callejera casi pareciera haber dejado abandonados a pie de grada, buscó el cortejo la puerta de la Capilla del Sagrario donde volverá a dormir el sueño de trabajo en hermandad durante un año. Comentarios de todo tipo ante la remodelación que ha sufrido recientemente esta vía principal cofrade y sentimental de la ciudad. A favor o en contra, pocos consiguieron un consenso, más si hubo unanimidad en considerar desacertados los nuevos raíles que demuestran que no todo tiempo pasado fue mejor: el sueño de los justos es el más sabio destino para un Tranvía que pocos añoran.
Tras quitar la parte superior del madero que el Santísimo Cristo de la Corona porta singularmente al contrario que la costumbre al uso de los nazarenos de nuestra tierra, procedió a entrar siguiendo el sentido de la marcha, esto es, sin volverse de cara al pueblo. Eran ya prácticamente las 12 de la noche y el frío y las emociones daban paso al cansancio, no sin estimular en el cofrade la añoranza, que es a su vez vehículo premonitorio del porvenir. Hasta el año que viene.
Solo reseñar al final de este artículo un par de apreciaciones negativas que han persistido en los dos últimos años en que el cortejo ha procesionado con las nuevas andas, que aun se encuentran en ejecución. En primer lugar la poca adecuación de la entrada a través de la puerta del sagrario de cara a la Avenida de la Constitución. La falta de circulación rodada este año evitó estampas poco agradables producidas en el anterior, como la circulación de autobuses y todo tipo de vehículos que no constituían ciertamente un bello fondo sonoro con que acompañar la ocasión, cuan menos lo era el concierto de claxon continuo que dicho sea de paso, ha vuelto a provocarse este año en la confluencia de la calle Alemanes con la mencionada avenida. Otro detalle claramente mejorable es el transcurso final del cortejo por las gradas de la catedral ya que, dado el giro completo que posee la talla del nazareno hacia la parte izquierda, este queda enfrentado a los muros catedralicios, donde por proximidad no puede ubicarse público alguno. Esto provoca que una parte tan bella y larga del recorrido como lo es el tránsito por las gradas desde la mismísima Giralda hasta la entrada en la Capilla del Sagrario lo haga la imagen completamente de espaldas al devoto público, hecho este que enfría el ambiente y provoca que la devoción no sea precisamente lo que impere entre el respetable, provocándose una atmósfera de menor recogimiento y respeto durante toda esta (por otra parte) bella singladura que enturbia notablemente el conjunto de la procesión. Dicho sea pues, y no como reproche sino como mera apreciación. Felicidades a los hermanos de la Corona y pronunciemos pues un primer: “ahí quedó”. Hasta el año que viene si Él quiere.
Rogelio Rubio Segura.