Un Domingo de Pasión menos. La ciudad, o parte de ella, cumplió con el rito de asistir, oír o ver por televisión el Pregón de la Semana Santa. A unos les pareció largo. A otros corto. A unos excelente (siempre es noble el sentido de la amistad), y así lo dejaron por escrito en mensajes de teléfono móvil. A otros les resultó eminentemente sincero. La verdad es que estuvo correcto, lleno de vivencias y de mensajes (aunque suene tópico decirlo). Y poco, muy poco nos equivocamos si lo incluimos en el ingente catálogo de pregones intimistas, ese tipo de Pregón donde los elementos suprasegmentales del lenguaje (como el tono) son absolutamente claves para arrancar la ovación, de las que hubo más de una docena.
Enrique Esquivias fue inteligente porque, consciente de sus posibilidades, no jugó con ripios, ni versitos. Prueba de esa inteligencia -demostrada en la capacidad de tener recursos ante situaciones difíciles- es que recurrió a la cita de hasta doce pregoneros anteriores (desde Juan Delgado Alba hasta Ignacio Jiménez) al referirse a la Macarena. Y no le salió mal.
Si nos atenemos a la regla no escrita que dicta que un Pregón debe hacer vibrar al auditorio, las vibraciones, lo que se entiende como vibraciones, sólo se produjeron en dos momentos: el dedicado a la Macarena (donde verdaderamente no le dejaron terminar la última frase) y el centrado en la Esperanza de Triana, en el que (habilidoso una vez más) echó mano de Bécquer para cantarle a la Virgen marinera. Lo demás fueron aplausos, más o menos provocados por esa herramienta que los pregoneros suelen manejar con tino: las subidas y bajadas de tono. Aunque Esquivias, cierto es, no abusó de ella. No fue un pregón de chillidos, gritos, ni voces destempladas. Es de agradecer. Sí lo fue de la sublimación de esos elementos que la oficialidad cofradiera y algunos analistas consideran que son absolutamente secundarios. Ocurrió, por ejemplo, en el arranque del Pregón, en la referencia a "los solos de Julio Vera" (tan criticados por algunos al protagonizar musicalmente algunas de las entradas en la Campana) y en las innumerables alusiones al mundo de los capataces y costaleros.
El pregonero se animó a sí mismo en varios momentos, con algún intento de pinceladas de humor al hacer comentarios espontáneos en varias ocasiones. Por ejemplo, cuando admitió la autoría de los versos en honor de la Esperanza de Triana: "Gracias, Gustavo Adolfo, por haberme dejado los versos. Para eso era vecino de San Lorenzo..." También cuando aludió al interés general que despierta el arrabal trianero cada Domingo de Pasión en el Teatro: "Siempre que aparece Triana, el Pregón se viene arriba". Al afirmar que la auténtica silueta de Sevilla, más que el No&Do, es la del Señor del Gran Poder -omnipresente en los rincones de la ciudad- volvió, sonriente, la vista hacia el alcalde. O incluso al final de Pregón, cuando golpeó el atril como si del llamador de un paso se tratara: "Ahí quedó".
Todo lo que contó el pregonero lo ha vivido directamente. No le ha robado las vivencias a un amigo, que casos ha habido y no muy lejanos. El contenido era auténtico. El arranque del Pregón -antes de la salutación de rigor a las autoridades- fue de los pasajes de mayor belleza. Esquivias le dedicó el Pregón "a los que sólo lo conocerán a través de la lectura", se refirió a quienes sufren disminuciones físicas y, de forma especial, a un hermano del Museo invidente, muy conocido y querido por todo el barrio de la Puerta Real: "Reparte ilusiones todo el año entre el Duque y el Museo, que recobra la vista un lunes de primavera con la fe y la devoción a través del brillo de la mirada más limpia y transparente de toda Sevilla, la de su Virgen de las Aguas". Quizás esta entrada del Pregón pudo recordarle a algunos al de José María Rubio, cuando en 1991 le dedicó su arranque, con gran éxito entre el público, al mudo de Santa Ana.
Tras cumplimentar a las autoridades, Esquivias comenzó un larguísimo relato cronológico desde el 16 de abril de 2006, Domingo de Resurrección, hasta la llegada de una nueva Semana Santa. Una narración en la que aparecieron citadas o reflejadas la Feria de Abril, el Rocío, las procesiones eucarísticas, el verano, las doce uvas de la Nochevieja y el quinario del Señor (del Gran Poder, naturalmente) hasta llegar a la popular pancarta de venta de capirotes de la calle San Esteban. Justo en ese momento, el pregonero formuló uno de esos mensajes inevitables que debe tener el texto para agarrarse a la actualidad: "Y aquí estamos, un año más, después de la larga espera, dispuestos a plantarnos en la calle y hacer girar una ciudad entera a nuestra medida durante una semana. Pero, ¿por qué lo hacemos? Por seguir una tradición de siglos, una simple costumbre. ¿Somos folklore? ¿Cultura? ¿Un fenómeno antropológico? ¿Realmente pintamos algo en la sociedad actual? Quizás la pregunta tenga que ir un poco más allá e interrogarnos si pintamos algo en la Iglesia actual. ¿Para qué y por qué salimos a la calle?"
Esquivias recordó a cofrades ejemplares recientemente fallecidos, como Juan Moya Sanabria (¡"Qué pronto te llevaste a Juan, Señor de la Buena Muerte!"), Ramón Ybarra (a quien evocó presidiendo el saludo de la Candelaria al paso de San Bernardo por San Nicolás) y a Juan Carrero ("Un hombre que entregó toda su vida en forma de anales").
Aludió directamente a su etapa como costalero de la Paz: "¡Yo he sido legionario del Porvenir!" Y recordó extensamente al capataz Manolo Santiago: "De talla pequeña, mirada penetrante y un corazón que se le salía del pecho". Acto seguido formuló otro mensaje ligado a la actualidad, en referencia a los movimientos político-electoralistas en algunas hermandades, que él conoce de forma muy directa, no en vano él mismo venció en las elecciones de su corporación en 2004 con un esquema y una estrategia imitadas por candidatos posteriores en otras cofradías: "Hubo un tiempo en que los hermanos elegían a su junta de gobierno, la junta al capataz y el capataz a sus costaleros y dada cuál sabía perfectamente dónde empezaba y terminaba su tarea, y aquello no era autoritarismo sino orden y sentido común. Pero ese equilibrio se invirtió en algunos casos y de aquellos polvos vinieron algunos lodos molestos".
Y vinieron algunos mensajes más. Esquivias se refirió a la obligación de las cofradías de "estar atentas" a las nuevas situaciones: "Hay que abordarlas sin precipitación, pero sin inmovilismo. No podemos cerrarnos a las nuevas exigencias. Esta ciudad cambia y sus cambios exigen reacciones por nuestra parte. Hay grandes zonas de Sevilla donde se hace necesaria nuestra presencia". Y se mostró a favor de las nuevas hermandades en los barrios alejados del centro de la ciudad: "Por qué negarles la posibilidad de expresar su fe como siempre hemos hecho a través de la religiosidad popular, siempre que ellos responsa a una vareadora necesidad de culto y a una devoción auténtica. No podemos revelarnos contra las leyes de la física, las distancias son las que son, la semana tiene siete días, cronológica y litúrgicamente, y cada día tiene veinticuatro horas, la multiplicación de los panes y los peces la hizo el Señor, nosotros no somos capaces, pero por Dios, no le demos la espalda a esa nueva Sevilla que crece en una sociedad ajena a los trascendente".
La saeta de una anciana al Cristo de los Almas, de los Javieres, centró otro pasaje destacado del Pregón. Le siguió un canto a la ciudad propiamente dicha: "Sevilla orgullosa, Sevilla oculta, ajena al mundo que la rodea. Sevilla que perdura y lo hará siempre y a pesar de todo, porque no existe en el espacio y en el tiempo, sino en todos y casa uno de nosotros, en nuestros recuerdos, en nuestras vivencias, en nuestros corazones. Sevilla que muere y vuelve a nacer cada año, como un sueño una noche de primavera. Sevilla eterna, Sevilla, siempre Sevilla, ciudad que cautivas, ciudad cautivada, ciudad que maltratas, ciudad maltratada, así que te querremos siempre, Sevilla soñada".
Y otro a "tres palios de cajón": el Valle, Presentación y Mayor Dolor y Traspaso. Después, la exaltación a la Esperanza con ayuda becqueriana. Y San Bernardo, una cofradía especialmente admirada por el pregonero, de la que asegura que "tiene el privilegio de tener el recorrido más bonito de toda la Semana Santa". Y tras San Bernardo, el canto a la Esperanza con masiva asistencia de citas pregoneriles. Esquivias recreó su encuentro anual con la Esperanza cada año por San Juan de la Palma tras haber salido en el Gran Poder.
Llamó la atención el uso de la primera persona al referirse a la restauración del Gran Poder: "Qué ilusos son los que esperan que hoy hable de la experiencia de haberte curado, si Tú y yo sabemos, Señor, que nunca te he sentido tanto como los años que fui diputado de tu bolsa de caridad". Y al final, tras referirse a su familia, dedicó el Pregón "a los miles de hombres y mujeres anónimos que nunca subirán a un atril, ni formarán juntas de gobierno, ni serán cofrades ejemplares, ni pasarán a la historia por nada" y son puntuales a la cita semanal con el Gran Poder.
"Ahí quedó" en lugar del tradicional "He dicho". Un pregón más. Correcto. El rito se ha cumplido.
Diario de Sevilla