lunes, 26 de marzo de 2007
Andrés Cañadas dio su pregón, el que quiso firmar como su propia seña de identidad cofrade. Fue una confesión pública de su ser como creyente, de su ser extremadamente mariano y de su faceta siempre reivindicativa, la cual le llevó a protagonizar el momento de pedirle al obispo, de frente y sin rodeos, la coronación canónica de la Esperanza de La Yedra, para cuando pueda ser "si para ello los cofrades de La Plazuela tienen que ver pasar antes al Valle coronada". Cañadas fue el padre orgulloso, fue él mismo en su más pura esencia, apasionado cantando y contando sus devociones con gesto y voz solventes. Fue el pregón de la gente de a pie. No entró en honduras teológicas y sí habló de la verdad del cofrade, de sus devociones y de quienes ponen su esfuerzo en el día a día.

El pregonero se puso tras la cruz que en el camarín escolta a su Virgen de las Angustias, una cruz que estuvo detrás de él con un sudario desparramado, flanqueada por los candelabros traseros que Guzmán Bejarano tallara para la Dolorosa de los Siete Cuchillos, cuyo manto y corona aparecieron en el escenario para idealizar el conjunto del misterio que cada Domingo de Ramos asoma por el Humilladero del Porvenir. Compartió intimidades, habló en cofrade para los cofrades, sin ambages ni medias vueltas; sin pontificar sobre el cómo y el por qué de las cosas. No quiso dar lecciones, simplemente se limitó a cantar la Semana Santa usando bien los tiempos, con una puesta en escena que dominó en todo instante. Pese a que fue largo el relato que mantuvo al pregonero frente al atril, éste fue capaz de mantener la atención de una audiencia que agradeció el esfuerzo por ofrecerles un pregón cercano y sumamente entendible. Un pregón que llegó a los corazones y a los sentimientos, bueno en su construcción y mejor en su declamación.

Andrés Cañadas rompió con maestría los momentos para que la alternancia en los contenidos mantuviera despierta la atención del Villamarta, lleno hasta arriba en el Domingo de Pasión que llena el aforo de trajes oscuros y galas femeninas teñidas de negro. Ofreció recursos para la risa y para las lágrimas; para la ovación y los olés; para los aplausos sinceros y para la complicidad con sus palabras, signo inequívoco de que la audiencia lo entendía.

Abriendo la plaza estuvo por delante su propio padre que con absoluta serenidad y la solvencia que dan los años dio paso a su hijo como pregonero de la Semana Santa, como su primogénito. Dio paso al cofrade, al padre de familia y al que recordó cuando de pequeño ya jugueteaba por los controles de Radio Popular. Dio paso al profesional, al periodista que habla del mundo de las hermandades. Andrés Cañadas Machado con todo lo que ese nombre significa de prestigio y merecimientos cofrades y jerezanos, adquiridos en su muchos años de profesión y de apego a esta ciudad, hizo la presentación que merecía su hijo. Un difícil compromiso cuya complicación estaba en no dejarse llevar por los sentimientos hacia quién ha visto nacer y crecer; hacerse hombre y llegar la Villamarta. Quién mejor que su propio padre para abrirle con responsabilidad las puertas del más del millar de personas que fijaron sus sentidos en cada palabra del pregonero. Presentó al pregonero como tal vistiendo de recuerdos cada momento de su vida.

Con ese traje hecho a su medida, Andrés Cañadas dedicó el pregón a los niños para introducir su obra con una glosa por seguiriyas a la Cuaresma y un romance a la Semana Santa en el que la defendió para ofrecerla más allá de la visión de escaparate. La hizo presente en cada rincón del alma de cualquier cofrade que trabaja en la hermandad, asiste a los cultos, coge la molía, limpia la plata o simplemente viste la túnica. El pregón estuvo dividido en siete capítulos donde las vísperas jugaron un papel importante. El cuento de un niño se convirtió en hilo conductor de los instantes iniciales para entrar en el primer capítulo donde rezó un Credo cofrade en primera persona. Seguidamente versificó a los acompañantes de promesas. Al Cristo de la Expiración ofreció un romance en un conjunto capitular que definió bajo el epígrafe "Creo en Ti, Señor".

Al Jerez de sus luces y rincones dedicó el segundo capítulo con un romance dedicado a la noche junto a La Amargura. Antes, unas décimas para La Borriquita, Santa Marta y Madre de Dios de la Misericordia, advocaciones ensambladas bajo la luz. Siguiendo el esquema de su obra, facilitado por su equipo de organización y no por parte del Consejo, entró a ofrecer un símil de transmisión televisiva de una noche de Semana Santa trayendo en su inicio el recuerdo a las hermandades que cumplen sus bodas de oro: Defensión, Buena Muerte y Candelaria. Defendió la tradición de Jesús Nazareno, cofradía y formas muy ligadas a él. Su hija Reyes entró de lleno en las páginas del pregón cuando cantó a la verdad que arropa a esta cofradía. Un romance a la promesa con el rostro de Jesús del Prendimiento dio paso a una hermosa "trilogía de la fe" con versos dedicados a la Saeta homenajeando a José Vargas Vargas "El Mono".

Al igual que durante todo su pregón el recordado don Rafael Bellido revoloteó en múltiples referencias y recuerdos, el oficio costalero -la gente de abajo- tenía que estar en su pregón del mismo modo y por parejo que la túnica que enaltece, momento que adornó con unos versos a María de la Paz en su Mayor Aflicción. Bajo el título de la mañana de La Esperanza, el pregonero miró al obispo, enalteció a La Concepción, dejó pasar por delante a la Virgen del Valle y pidió al prelado la coronación canónica de La Esperanza lo que remató cantando a la Dolorosa de La Plazuela.

Andrés Cañadas honró a quienes le antecedieron en la misión de pregonar la Semana Santa; habló de la radio con unas décimas que también dedicó a las nuevas cofradías con especial énfasis hacia El Consuelo. Contó la historia de una hermandad "creada a base de batallas ganadas de niños a hombres". Y llegó el final con un romance a su Virgen de las Angustias: "Eres la Madre de Dios y por Ti lo que tú quieras".

Todo concluye con los niños durmiendo y soñando… "que la fe siempre os llene y hasta el domingo que viene, queden ustedes con Dios", sintonía y fin de la hermosa historia que contó Andrés Cañadas Salguero que con méritos ha conseguido inscribir su nombre entre los pregoneros que han cantado la Semana Santa. Ayer fue su momento y no lo desaprovechó. Se ganó a la gente y la gente le ganó el corazón al pregonero. A esa misma a la que habló claro y alto; sereno y sonriente; emocionado y maduro en su compromiso con Jerez, sus cofradías, su Semana Santa y consigo mismo.

Diario de Jerez
Publicado por nazarenodelaO @ 14:26  | Jerez
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