lunes, 19 de marzo de 2007
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Pasadas las ocho de la tarde del miércoles 14 de marzo, en plena cuaresma y desde uno de los puntos más cofrades y atentos en la guarda y conservación de sus tradiciones en la provincia de Sevilla, como lo es Alcalá del Río, realizaba su salida el viacrucis con la antiquísima imagen del Cristo del buen Fin desde la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción. Previamente, se rezaba la primera estación en el interior de un templo repleto de asistentes para tal ocasión, que acompañarían piamente a la talla durante el desarrollo de todo el acto.

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La tarde y la noche, cálida y primaveral (incluso en exceso para las fechas que nos marca el calendario) evocaba claramente la inminencia de la Semana Santa y animaba grandemente a la contemplación del acto, a la vez que a disfrutar despojado de todo pesado abrigo invernal por las calles de la bella localidad sevillana.

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Perteneciente a otra época y mentalidad, alejada de la belleza serena y la rotundidad del barroco, la efigie del Cristo del Buen Fin se hunde en las raíces del tiempo y del arte, retrotrayéndonos hasta pleno siglo XVI, fecha en que se ejecutaría sin demasiado margen al error la obra, atribuida con gran acierto a las gubias de Roque Balduque, autor del que podemos contemplar otras muestras de su buen hacer en la localidad. El rostro de Cristo abuelo, sufriente aunque no exento de belleza, así como una anatomía doliente, de miembros apergaminados y rasgos crudos, cubiertos con suscinto paño de pureza de finos pliegues nos hablan de otra forma de pensar, de una manera muy distinta de entender el arte y la propia vida por las que quien estas líneas redacta, como ya en otras ocasiones habrá podido comprobar el sufrido lector de mis artículos, siente un apasionamiento y una admiración solo comparable al deleite con que las contempla y la identificación que siente ante las sensaciones que este tipo de tallas (por desgracia tan ignoradas en la actualidad) le transmiten.

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Para no ser menos y encajar perfectamente dentro de la propia idiosincrasia de la talla, el acto parece amoldarse a la recreación de tiempos ya pasados, desarrollándose bajo un formato distinto al habitual en el viacrucis que se realiza en nuestros días, hecho este que el buen cofrade identificará al instante. Las estaciones se rezan ante pequeños altares montados a pie de calle por los vecinos (y la organización del acto), trasladándose a buen paso y con celeridad la imagen de uno a otro altar sin realizar parada alguna, solo acompañada por los cánticos del cortejo que le acompaña y los fieles que le siguen. Esta forma de entender el viacrucis, alejada de la habitual (deudora del formato procesional cofrade de nuestros días, con la sola diferencia de no portar la talla sobre unas andas), dota al acontecimiento de un sabor añejo a la vez que evocador de épocas pasadas, estableciendo en esta proximidad y participación del pueblo un acto de acercamiento de Jesús a su pueblo digno de contemplarse.

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La celeridad del acontecimiento no fue óbice para que el acto pudiese ser disfrutado por el buen cofrade, a la vez que permitiera contemplar los bellos rincones de la localidad y alguna de las particularidades que presenta. No sorprenderá a quien en otras ocasiones ya haya visitado Alcalá del Río, pero si a quien por vez primera se acerque, la fuerte vinculación que parece desprenderse desde todas y cada una de sus calles y habitantes hacia las corporaciones penitenciales de la localidad. En cada zaguán a modo identificativo un cuadro con la fotografía de su amado titular, en especial de los dos referentes marianos de la localidad: Soledad y Angustias, dualidad mariana tan extrapolable a tantas localidades sevillanas, aunque no sin menoscabo de la devoción que despiertan los titulares cristíferos de ambas corporaciones (Santo Entierro y Vera+Cruz) así como de la también muy antigua corporación de Jesús Nazareno; baste también alzar la vista a pie de calle para descubrir innumerables y bellos lienzos cerámicos que retratan la efigie de los amores, convirtiéndola en hecho cotidiano y omnipresente en la vida de la villa. Todo un ejemplo de cuidado y cariño por sus tradiciones en el que Alcalá del Río se convierte en todo un referente a seguir y admirar por todo buen cofrade.

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Y como no podía ser menos y para reforzar esta vinculación, si en un principio el cortejo partía desde la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, donde reside la corporación penitencial del Nazareno, a paso presuroso se acercó hasta el interior de la Real Capilla de San Gregorio, en cuyo interior se encuentran las capillas de la Hermandad de la Vera+Cruz y del Santo Entierro. Todo un deleite para la vista. El edificio, en perfecto estado de revista y conservación, al igual que lo está la Parroquia que fue restaurada en recientes fechas, acoge a ambas devotísimas corporaciones y sendas dolorosas coronadas de la Soledad y Angustias. En el interior de la capilla del Santo Entierro, pudo contemplarse la efigie anónima de Nuestra Señora de la Soledad Coronada, para cuya ejecución debemos remontarnos hasta el siglo XVI.

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A sus pies, yaciendo en su hornacina se encuentra la efigie del Señor de la Misericordia, yacente articulado de pelo natural fechado en este caso a finales del siglo XVI o bien a principios del XVII también de anónima factura.

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En un ejemplo más de conservación de sus tradiciones, la corporación realiza la Ceremonia del Descendimiento, de ancestral raigambre en nuestras tierras pero desaparecida en gran medida en casi toda la geografía, conservándose en pocos lugares integra, como ocurre aquí en Alcalá del Río.

Si interesante resultaba la contemplación del Crucificado del Buen Fin ante los titulares de la corporación del Santo Entierro, aún más si cabe resultaba el poder observarla en el interior de la Capilla de la Vera+Cruz ya que el titular cristífero de la corporación, el Santísimo Cristo de la Vera+Cruz, es una obra de pequeño tamaño anónima del siglo XVI atribuida como ocurre en el caso del Cristo del Buen Fin a las gubias de Roque Balduque.

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Vistas ambas tallas tan cercanas en el espacio, también resulta innegable su proximidad en el tiempo y en la factura ejecutoria, pues bien puede establecerse gracias a las enormes similitudes entre ambas una paternidad artística coincidente. A los pies del crucificado, María Santísima de las Angustias Coronada nos contemplaba con su amargo gesto de dolor, que rompe la frontalidad de su composición y nos habla de unas manos magistrales que gubiaran su efigie.

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Por desgracia nos es anónimo el nombre de quien realizó tan portentosa talla, aunque viene siendo atribuida a las gubias de José Montes de Oca a principios del siglo XVIII, aunque otras fuentes y documentos hablan de un origen anterior. Una obra digna de contemplarse en directo ya que pertenece a ese grupo de imágenes que en absoluto resultan captadas en la magnitud de su grandiosidad por las instantáneas fotográficas que podemos contemplar de ella.

El paso bien presuroso con el que el viacrucis discurrió durante toda la noche, hizo que a las nueve y media de la noche, a pesar del largo recorrido del acontecimiento, el cortejo entrara nuevamente en la Parroquia de la Asunción, dando por cumplido el acto poco después. Allí, y gracias en gran parte a la enorme generosidad de los presentes a la que desde estas líneas estoy más que agradecido, especialmente al sacristán y a doña Mercedes Bravo, quienes permitieron a servidor poder contemplar las maravillas que guarda el templo, así como aportaron datos e impresiones. Otro gesto más de la grandeza de esta localidad acogedora, así como de la sencillez y proximidad de sus gentes, siempre atentas tanto para conservar y engrandecer el ya de por si amplísimo patrimonio que poseen, como para saber mostrarlo a quien se acerca con ojos de curiosidad y aprecio hacia ellas. Destacar dentro de la parroquia en cuanto a lo penitencial, las tallas de la Hermandad del Nazareno. Jesús Nazareno es la primera obra documentada del ilustre utrerano Francisco Antonio Ruiz Gijón ejecutada en 1671, aunque las restauraciones sufridas a lo largo de su historia hayan desvirtuado en parte la factura original que presentaba, que no la transmisión y calidad de la talla, muy meritoria y expresiva.

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Procesiona junto a un cirineo obra de Andrés Cansino. Nuestra Señora de la Esperanza (titular mariana de la corporación de el Nazareno) es obra anónima, probablemente de la misma antigüedad que el titular cristífero y en origen probablemente gloriosa, transformada a lo largo de los siglos y en especial por una remodelación efectuada en el siglo XIX. Posee esta corporación fuerte vinculación marinera y con los pescadores de la villa.

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Justo a la derecha del lugar donde finalmente volvió a quedar ubicado el crucificado del Buen Fin para ser contemplado durante el resto del año y gracias a las atenciones mostradas por las personas allí presentes, pude contemplar una talla de nazareno cuya existencia desconocía.

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Recibe la advocación de Nazareno del Cansancio y a pesar de carecer de documentación, quien estas líneas suscribe y a título personal adscribiría su ejecución al siglo XVIII, ejecutada bajo los postulados artísticos de algún seguidor tardío de la escuela de Pedro Roldán o alguno de sus descendientes, en especial de Diego Roldán. La obra se mostraba recientemente restaurada y en perfecto estado (a excepción de dos dedos que aparentemente habían sido recolocados tras haberse quebrado).

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En resumen una interesantísima jornada en uno de los pueblos más cofrades y afanosos en la conservación de sus tradiciones. Un ejemplo a seguir y una villa la de Alcalá del Río que desde aquí recomiendo visitar y admirar en todos sus detalles a todo aquel que con el espíritu viajero en el corazón, desee contemplar un núcleo donde se conservan puras muchas costumbres que en otros lugares antaño se perdieron, pero a la vez se ha sabido aceptar los nuevos tiempos con acertado criterio. La grandiosidad de sus gentes es un patrimonio no menor en el ya de por si amplio de la localidad.

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Rogelio Rubio Segura.
Publicado por nazarenodelaO @ 0:06  | Sevilla
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