¿Quiere ser usted un reputadísimo compositor? ¿Desearía usted hacer una marcha que haga la delicia de los que llevan las imágenes? Es muy sencillo, lo único que necesita es un ordenador con un programita que le permita introducir y quitar notas a su antojo. Tan sólo debe dejarse llevar por su inspiración. Silbe o tararee esa melodía que poco a poco le viene a la cabeza, esa que lleva mucho platillo, mucho cascabel y si, que no falte, que lleve ese solo con el que siempre sueña en el pasillo de su casa. Ya tiene su marcha, con un poco de suerte una banda que no entienda de música o bien por el capricho sordo de un hermano mayor puede que algún día oiga su... si, eso que usted ha realizado, porque perdóneme, pero no me atrevo a llamarlo marcha.
Las marchas de procesión son un estilo musical que ha alcanzado grandes cotas gracias a la labor de enormes músicos. Farfán, Font de Anta, Gómez Zarzuela, Beigbeder… No se confunda, no piense que estos nombres son los próximos fichajes de algún club de fútbol cara a la próxima temporada. Una larga lista de nombres que podíamos dar de verdaderos músicos que han convertido en arte las notas que desgranaban en el pentagrama, y eso pese a que todos podamos pensar que podemos hacer una marcha, no es cierto.
Si no lo entiende, deje actuar el paso del tiempo, juez implacable que pondrá las cosas en su sitio, y que más allá de ciertas modas pasajeras, dejará en el más profundo de los olvidos algunas de esas composiciones que nos saturarán en los días próximos.
Una recomendación, si me lo permite, le doy, cuando le vengan ganas de convertirse en compositor, tome doble ración de esos magníficos discos de la Municipal de Sevilla. Su cuerpo y su alma se lo agradecerán. Nuestros oídos también.