Manos llenas de amor disponen los encajes, alfileres que son colocados dando forma al pecherín. Gasas, tules, encajes valiosísimos, simplemente por servir como complemento de la vestimenta de la Madre de Dios. Pliegues que recogen sentimientos, sueños y vivencias. Saya, bocamangas, mangas, cuerpo, y después el tocado. Todo un ritual reservado a unos privilegiados que durante un tiempo tienen para ellos a su Madre.
Modas, estilos, personalidad. Cada imagen requiere una personal manera de vestir a Nuestra Señora. Siempre hay que buscar lo mejor para cada Virgen. Muchas veces basta con mirar las fotografías antiguas. Para vestir no hace falta solo poner bien los alfileres, hace falta conocimiento y especialmente arte. Ese arte que se destapa cuando llega la hora en la intimidad de la capilla.
Unas manos que retocan los pliegues, alfileres para recoger el manto. Manos que saben lo que hacen, extensión de un corazón que siente. Elegidos para la gloria terrenal, porque decidme si acaso no es la misma gloria estar frente a frente con la imagen de nuestra devoción más sincera.