lunes, 05 de marzo de 2007
Me consumía lentamente, no queriendo que llegase el fatídico momento en que enfriase mi testa para apagarme. Me consumía ante los ojos de mi Cristo, vertiendo cada parte de mi a lo largo de mi cilíndrico cuerpo y yendo a reposar en el asfalto. Poco a poco, no sabía cómo, me hacía más y más corto, y ciertamente, comenzaba a hacer mella mi cansancio después de tantas horas, pero aún así, seguía intacto mi afán inquebrantable de iluminar. Me consumía lentamente... Como la vida de mi Cristo crucificado en el madero. Se consumía su vida, y la mía. Nos apagábamos poco a poco juntos, al unísono y en perfecta consonancia, pura armonía, cadente despedida. Pero no podía ceder, tenía que seguir iluminando. Sabía que me apagaba, que me consumía, pero me encontraba seguro de poder aguantar un poco más.

Mi intacto y vigoroso cuerpo al salir de la iglesia parece un lejano recuerdo. Me encontraba surcado por pequeñas gotas de mi y con gran cansancio. Mi llama antes joven y vivaz ahora se mecía lentamente y amenazando con apagarse, y aún así, seguía iluminando, porque se lo debía. Y no dejaría de hacerlo hasta que mi cometido se diese por finalizado. No podría perdonarme que Cristo muriese sin la luz de sus devotos.

Porque nunca puede faltar, la luz del penitente.
Publicado por nazarenodelaO @ 0:00  | La cuenta atrás
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios