La algarabía era caótica. Me sobresaltó aquel tumulto exasperado que se cernía por la que llamaban Vía de la Amargura. De lejos sólo podía observar un romano subido a caballo que se dirigía hacia las afueras de Jerusalén, y observé como la extensa comitiva se perdía, a lo lejos, en el Gólgota. Me encontraba cansado después de la tarea, y con motivo de la Pascua, volvía de trabajar antes, pero desde luego, no me esperaba encontrar aquel ambiente. Algo debía estar pasando que nada dejaba indiferente a la muchedumbre.
Algunos gritaban con los nervios a flor de piel y se mofaban cruelmente de alguien, pero también observé a algunas mujeres desconsoladas que lloraban y sollozaban, empapando sus lágrimas en sus ropajes. Decidí acercarme un poco más e intentar abrirme paso entre el gentío, y pronto me dispuse en primera fila. Lo que vi me conmovió. Un hombre ataviado con una sencilla túnica cargaba una cruz. Iba a ser crucificado. Adelante otros dos reos se dirigían al Gólgota, pero eran visiblemente distintos a este último.Tenía claros signos de haber sido castigado, y portaba en su cabeza una corona de espinas, trenzada con los espinos del pretorio, que hacía emanar regueros de sangre de sus sienes. Me sorprendió la apariencia del preso que, a mi juicio, aparentaba ser un hombre bueno. Y estaba claramente exhausto. Cayó rendido bajo el peso de la cruz, apoyándose únicamente en una solitaria piedra. Reparé en la dulzura de sus manos que distorsionaba con aquella áspera piedra. El romano que antes había divisado ante la muchedumbre, me habló, y me ordenó ayudar al condenado. Sentí miedo, pero podía más la pena por ver en esas ínfimas condiciones a aquel hombre. No podía comprender cómo los allí presentas se mofaba.
A su izquierda, una madre y su hija lloraban por el reo. La madre portaba entre sus brazos a un recién nacido, y me pareció vislumbrar alguna lágrima que surcaba sus mejillas. Sentí deseos de liberar a aquel hombre. No le había visto nunca, no sabía quién era ni de qué se le acusaba, ni porque iba a ser crucificado. Pero sentí su inocencia. Me dispuse a compartir con Él el peso de la cruz, y el romano a caballo, con su gesto implacable, señaló el camino al preso, al que llamaban el Nazareno, y tras esto, relinchó fuertemente el caballo, dispuesto a reanudar su marcha. Cargué con Él el peso de la cruz, y anduvimos por el Altozano.