Primer sábado de Cuaresma. Cercana las nueve de la noche se abrían las puertas del Santuario de la Victoria. La cruz parroquial de la hermandad del Monte Calvario, encabezamiento de un cortejo bastante nutrido, hacía su puesta en escena en la plaza donde se respiraba un ambiente de recogimiento. El murmullo se hizo silencio cuando las imágenes del Cristo Yacente de la Paz y la Unidad y la madre que lo sostiene en su regazo, Nuestra Señora de Fe y Consuelo, salieron de la iglesia de nuestra patrona. Una vez fuera, dio comienzo el ya tradicional Vía Crucis de antorchas con la primera estación, un vía crucis de antorchas donde las antorchas brillaban por su ausencia.
Delante de un buen cuerpo de acólitos, la capilla musical formada por miembros de la nueva banda que la Archicofradía de la Expiración estrenará este año tras su Cristo, interpretaba marchas como La Madrugá, Caridad del Guadalquivir y Virgen del Valle. Un repertorio clásico donde sonó en demasía la rumba adaptada a marcha de procesión.
La subida hacia la ermita del Calvario entre los rezos de las estaciones, el silencio y la oscuridad sólo rota por el brillo de la cera entre cristales de fanales y las tulipas, que se derretían lentamente, y la luna, cofrade por excelencia, que no quería perdérselo, invitaban a la reflexión, pues para muchos de nosotros, los cofrades malagueños, la cuaresma no da comienzo hasta este momento tan especial y mágico.
Si sobrecogedora es esta subida, no menos lo es este conjunto entrañable formado por dos imágenes que, aunque de etapas totalmente distintas, conjugan perfectamente y conmueve a todo el que los contempla, ya sea cofrade, ateo, musulmán o budista, porque esta maravillosa representación del amor de una madre por su hijo conmovería y debe conmover a cualquier persona, independientemente de su opción religiosa.
A buen ritmo discurrió el Vía Crucis entre los rezos, sones musicales, incienso, pinos y unas vistas increíbles de Málaga. Es sin duda una estampa maravillosa la que la hermandad del Monte Calvario ofrece cada primer sábado de Cuaresma. Algo que los cofrades no deberían perderse y que es muy recomendable para cualquier persona que quiera sentir la presencia de Dios. Un Vía Crucis para el cuerpo y el alma.
A las once llegó a la capilla del Calvario las andas donde iban el Señor Yacente de la Paz y la Unidad y Nuestra Señora de Fe y Consuelo, que salieron tal y como lo habían hecho en la jornada anterior en el Vía Crucis de la Agrupación. Con el besapies al Cristo Yacente finalizaba el acto. Ahora si que había vuelto todo a la normalidad, hace un año aquel susto, tantas lágrimas y ahora nuevamente lágrimas pero de alegría por teneros en casa y por las cosas bien hechas. La hermandad del Monte Calvario puede darse por satisfecha por lo realizado en las dos jornadas consecutivas.