lunes, 26 de febrero de 2007
Me encontraba perdido, desorientado. Idas y venidas y el pueblo alborotado. Acababa de despertar aquella mañana, y aún somnoliento de mi reciente cabezada. me hayaba aturdido. Desde mis ojos no podría ver nada. Miraba a todos lados y sólo veía alegría y un mar de palmas. Quería preguntar, pero todos estaban eufóricos, nadie me atendía. Comenzaba a desesperarme y a sentirme inquieto. Algo pasaba y no lograba saber el que. De repente, a mi izquierda, donde todo el mundo se agolpaba, pude ver, casi a mi altura, el caminar de un pollino, lento y cadencioso. La gente exclamaba con fervor: ¡Hosanna, bendito el que viene, en nombre del Señor, Hosanna!

Me entró la curiosidad de ver a aquel al que el gentío aclamaba como el Salvador y le daba la bienvenida a Jerusalén. Pero no podía ver nada. Fui dejándome llevar por el gentío, que me arrastraba sin poder remediarlo, como la mar se lleva consigo a un pescador. Seguía viendo aquellas pisadas del pollino, que seguían a mi altura. De repente y sin previo aviso, en el oleaje de la multitud fui a parar contra una palmera y no pude seguir. El pollino se alejaba, y no queriendo quedarme con la curiosidad de saber quién era aquel al que llamaban el Mesías, con mis manos pequeñas pero fuertes trepé a la palmera para poder verle. Me aferré a una rama y allí arriba, por encima del gentío pude verle. Parecía uno más, pero tenía algo especial. Tomé un palma, un tanto grande para mi, y no pudo más que salir de mi boca un Hosanna. Pude ver como se alejaba aquel al que llamaban Jesús, y que venía de Nazareth. Supe que tenía algo especial. Me miré las manos, y me embargó la alegría.

Que alegría despertaba, cuando veía entre mis manos, aquella vigorosa palma, y era Domingo de Ramos.
Publicado por nazarenodelaO @ 0:00  | La cuenta atrás
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