En la noche de ayer, Francisco de la Torre, Alcalde de Málaga, pronunció el pregón del quinto centenario de la Archicofradía de la Sangre. El acto tuvo como escenario el Teatro Cervantes, y tras el pregón, que pueden leer a continuación, tuvo lugar la actuación de Montserrat Caballé junto a Monteserrat Martí y Nikolai Baskov, siendo acompañados al piano por Manuel Burguesas.
"Pregón del V Centenario de la Archicofradía de la Sangre" a cargo de Don Francisco de la Torre Prados, Alcalde de Málaga.
Sr. Obispo de la diócesis.
Sr. Presidente y miembros de la Junta de Gobierno de la Agrupación de Cofradías.
Señor Hermano Mayor y Junta de Gobierno de la Pontificia, Real, Muy Ilustre y Venerable Archicofradía del Santísimo Cristo de la Sangre, María Santísima de Consolación y Lágrimas y del Santo Sudario.
Dignísimas autoridades.
Archicofrades, cofrades.
Señoras y señores.
Con qué contradictorios sentimientos me presento esta noche ante vosotros, entre la gratitud por el honor que esta ocasión entraña y la preocupación por no estar a la altura de lo que esta Archicofradía merece.
Habéis querido, archicofrades de la Sangre, que sea el Pregonero del esplendor del Quinto Centenario de vuestras Constituciones, las Reglas más antiguas que se conservan de la más que gloriosa corporación nazarena, y lo he aceptado. Lo he aceptado como un regalo inmerecido y precioso: me siento honrado y agradecido; pero, al mismo tiempo, atenazado por la enorme responsabilidad que esto supone.
Os pido benevolencia, porque podéis estar seguros de que mis palabras nacen del corazón y que pongo todo mi empeño en hacerme merecedor de este honor que me habéis concedido.
La emoción me dice que hoy, más que el Alcalde de Málaga, os habla un malagueño apasionado de esta ciudad y que comparte los sentimientos cofrades de tantos miles de hijos de esta tierra, esta tierra asombrosa que convierte el prodigio en hecho cotidiano y acopia para nosotros todos los registros y todos los matices de la hermosura. Entre sus bellezas, la Semana Santa es una de las mayores y la Archicofradía de la Sangre brilla en ella con luz propia, con acabada perfección, con dilatada y singular historia, con fe de siglos, con amor ejemplar.
Pregonar es alzar la voz para transmitir lo que sabemos o aquello en lo que creemos, lo que conservamos como la mayor riqueza en lo íntimo de nuestros corazones; pregonar es transmitir emociones y vivencias y hacer público lo que conviene que todos sepan.
Y conviene que todos sepan que La Sangre es gloria nazarena de Málaga, es esencia de su historia cofrade, que es lo mismo que afirmar que es parte importante de la propia historia de la Ciudad del Paraíso. Con humildad y el mayor cariño alzo mi voz para pregonar en este marco excepcional del Teatro Cervantes.
La Sangre en la leyenda. La Sangre en el recuerdo de la infancia. Una calle (Carretería, sin duda) expectante y febril, se va llenando de sones penitenciales mientras avanzan solemnes nazarenos de túnicas rojas y luego, la hermosura ultrajada y sangrante del Crucificado. Después la Virgen del largo manto lila y el terciopelo malva de los hábitos que quiere prolongar los tintes del crepúsculo. Quizás fuera mi primera Semana Santa, pero desde luego, era la Archicofradía de la Sangre, que había deslumbrado los ojos de aquel niño.
Y tengo que decir que, en la medida en que nuestra Semana Santa es básicamente una manifestación de culto externo de las cofradías que forman parte de la iglesia católica, que se plasma en la rememoración anual de la pasión y muerte de Jesús y de los Dolores de María, hay que proclamar la importancia sustancial que tienen en nuestra historia las Hermandades y Cofradías no sólo por sus abnegadas actuaciones durante todo el año en ámbitos variados –apostólicos, pastorales, asistenciales, docentes, culturales y artísticos-, sino muy especialmente en lo que constituye su fin más visible, que no único-: el mantenimiento de esos actos de legítimo culto, la conservación de nuestras tradiciones, de nuestra peculiar estética y de todo ese legado de belleza y devociones que culminan en la Semana de Pasión.
Hemos de ser conscientes de que a las cofradías, a su esfuerzo, al testimonio de su espiritualidad y de su amor, les debemos que se hayan mantenido o recuperado lugares históricos de nuestra ciudad, gracias a la construcción de los centros y las casas-hermandad; pero sobre todo les debemos que nuestra Semana Santa tenga, además de todos sus valores tradicionales, además del prodigio de su arte, unos modos, un estilo, una belleza incomparable. Y eso es amor a sus Sagrados Titulares y amor a Málaga.
Y hablo de hoy, de ahora, desde la perspectiva de las obligaciones irrenunciables de dar testimonio de fe y de vida, de coherencia personal y de compromiso social, de profundizar en nuestra formación doctrinalmente. No hay contradicción: sólo es asunto de mantener ese difícil equilibrio, siempre a punto de romperse, pero sin romperse, que suelen tener las cosas en esta tierra nuestra.
Nuestra Semana Santa es una realidad de muy complejos matices y es un bellísimo misterio pese a la claridad inmediata de su contenido didáctico y devocional. Los libros de viajeros extranjeros del pasado, como muchos visitantes de hoy, expresan el asombro que puede producir ver una procesión por vez primera. Asombro tanto más grande cuanto más distintas sean las culturas. No cabe duda de que el efecto de una procesión es notable por sí mismo. El observador que no tenga información sobre lo que ve no lo podrá entender en su dimensión de "texto" canónico pero, sin duda, percibirá unos valores que podrán producirle desde la admiración al rechazo según su sensibilidad. No es necesario "comprender" para gozar la singular belleza de un cortejo en el que todos los sentidos se dan cita.
Y aunque eso -que no es poco- baste a muchos y la Semana Santa sea admirada por personas que proclaman su falta de fe religiosa, lo cierto es que esos desfiles impresionantes, esos depuradísimos rituales de siglos, crean en torno a si motivaciones muy poderosas y ámbitos muy ricos de oración, de meditación y de caridad.
La muerte y resurrección de Jesús, su misión salvadora del género humano, es el origen de la celebración. La procesión, la Semana Santa en su conjunto, es manifestación y explicación suprema del misterio de la humanidad divina y del dolor en el horizonte de la muerte.
Desde la paradoja del infinito poder y del infinito amor, se abre paso la humanidad de la Pasión y, mucho más, la humanidad de la muerte. Muerte, la gran palabra de la cultura barroca. El misterio de la Semana Santa es el misterio de la belleza del perecer en su contradicción más íntima. Se trata de la representación finita de lo que no tiene fin. Desde el sentido de lo opuesto y, por tanto, del asombro y del miedo, se comprende el momento cumbre de la liturgia del culto externo, se entiende cada instante del discurrir cofrade.
La muerte ha sido el eje sobre el que ha girado toda una manera de entender el mundo. La cultura hispánica, más que otras hizo bandera de la muerte para explicar lo inexplicable del ser. Y la muerte alcanza su forma extrema en el perecimiento de Dios por amor a los hombres. La Semana Santa es el conjunto de escenas, de una representación que se nombraba paso y que culmina el Viernes Santo cuando el regio catafalco del Sepulcro sale a la calle.
Es en la Pasión donde se encuentra el significado profundo de la tragedia, del sacrificio en el que la víctima cumple el destino del misterio, del sacrificio en el que la víctima triunfa.
El arte representó primero al Cristo triunfante, el Cristo victorioso, en la Alta Edad Media, renovando los símbolos, como el cordero místico, usados en los primeros tiempos del cristianismo. Desde el siglo VI ya aparece Jesús con los ojos abiertos, vivo, y con una diadema real en la cabeza.
Más tarde, la helada representación de la muerte deja ver el símbolo de la cruz en toda su tragedia, porque es a partir del siglo XI cuando Cristo aparece muerto, con los ojos cerrados, con la cabeza vencida. En las representaciones de la alta Edad Media, la crucifixión iba acompañada con elementos como el sol y la luna en clara referencia al eclipse que se produjo cuando Jesús expiró o al Nuevo y al Antiguo Testamento.
Otra visión del mundo. Otra visión del hombre.
Son las exequias de un difunto que vistió al cielo de luto, que estremeció con clamores las piedras del Gólgota y que da consuelo desde el común destino del abatimiento humano, da consuelo para dar sentido a la ceremonia del absurdo que es vivir. La vida es el río de Manrique, nada queda de las damas ni de los príncipes del pasado como cantó Juan de Mena, la vida es el anuncio de la Muerte que, a su Danza, nos llama a todos y es la verdadera y única igualadora. Nadie puede escapar al destino final. La muerte será la calavera descarnada de la vanitas en las alegorías del “Sic transit gloria mundi” o en la mano sarmentosa de San Jerónimo penitente, San Francisco de Asís o San Pablo ermitaño, plasmados por Ribera.
La belleza de los cristos y de las vírgenes, la belleza del crucificado de la Sangre y de la Señora de Consolación y Lágrimas son ejemplos excepcionales del mensaje de salvación. La belleza triunfa sobre la muerte, que es privación con la que acaba la vida del cuerpo y esa es una de las claves fundamentales de la Semana Santa, seguramente la más importante y la más misteriosa al mismo tiempo.
Había pasado el tiempo. Se había cumplido la decadencia de la Escolástica y de la belleza de sus sutiles construcciones conceptuales y después de la simbología mística del románico y en contraposición con la abstracción espiritual de los crucificados góticos, en la Baja Edad Media aparecen las formas de penitencia pública: la procesión proclama la fe de los sentidos, la vida en la muerte y el triunfo del renacer en la primavera.
Es la sangre y la cruz reales, humanísimas, son los sufrimientos de Jesús; en estas formas de penitencia se puede encontrar el origen de la Semana Santa en el sentido que hoy posee aunque el tema será siempre materia de discusión; entre otras cosas, por la tendencia a querer ir cada vez más atrás en la busca de los orígenes de la conmemoración pasionista. En este afán algunos autores confunden las cofradías de pasión con otras, anteriores, que no poseían este carácter aunque se dedicaran a dar culto a la cruz como sucedió con la de Santo Toribio de Liébana, fundada en 1181 por los obispos de León, Palencia, Oviedo y Burgos en el monasterio cántabro para dar culto a las preciosas reliquias guardadas en el cenobio y especialmente al fragmento de la verdadera cruz, “lignum crucis”, que sigue recibiendo veneración entre los escarpados Picos de Europa.
Pero lo que me importa en estos momentos es señalar que en ese contexto histórico y en ese marco, en la sociedad europea de la segunda mitad del siglo XIV se van a producir una serie de cambios en todos los órdenes de la vida, consecuencia de los problemas que conformaron una crisis general; y en ese contexto, en ese medio nacerán las hermandades de pasión –como la más antigua Archicofradía de la Sangre, creada en Roma en 1341- que tomarán su fisonomía casi definitiva como consecuencia de las medidas reformadoras del Concilio de Trento que se inició en 1545.
Entre los siglos XIII y XIV los flagelantes públicos son una realidad, heredera lejana quizás de los terrores milenaristas o de la impotencia ante las pestes. Los componentes emotivos propios de la religiosidad popular han ido incrementándose hasta llegar a formas de fervor heterodoxas. Ciertas dosis de panteísmo se encuentran en las doctrinas de los partidarios del "libre espíritu". La íntima unión con Cristo se mostraba sufriendo los dolores de su pasión de manera directa. En este contexto el papa Clemente VI, en el siglo XIV prohibió, sin éxito, las disciplinas públicas que estaban tan arraigadas entre las gentes de toda condición pero especialmente entre el pueblo llano. En 1473, Enrique IV, hermano de la reina Isabel, también prohibió la presencia de agrupaciones de fieles sin las debidas licencias de los ordinarios de cada lugar, las mismas que hoy se exigen a los flagelantes de la cofradía de la Vera Cruz, fundada en 1490, que todavía hoy, sorprendentemente, desfilan los Jueves y Viernes Santos en San Vicente de la Sonsierra, en La Rioja,
La sangre, manantial que aparece en el costado de Cristo del cuadro de Bellini del siglo XV, es el fluido precioso que da la vida y que recoge el ángel arrodillado. La sangre es el líquido más preciado, el que se derrama en el sacrificio, es la vida que Jesús entregó por la salvación de los hombres.
La cruz es el símbolo y la sangre es la realidad en las espaldas de los disciplinantes. La sangre se concreta en las cinco heridas que adquieren también valor simbólico y representación heráldica.
La fe abstracta evolucionó a formas de expresión sensorial que pretendían imitar a Cristo en su Pasión como manera de purgar los pecados, de hacerse perdonar las faltas, de alcanzar un lugar en el reino de los justos. Toda Europa siguió ese sendero y España no podía ser una excepción.
La idea del castigo divino por los pecados tuvo una vida fecunda en la ideología medieval y posterior y presidió el proceso de recristianización de los territorios que se iban incorporando a la corona.
En el caso de Málaga, cuando los Reyes Católicos la conquistan en 1487, en un cerco terrible, una guerra casi de exterminio, se reanuda el hilo que la unía a la primera cristiandad, la del Obispo Patricio, presente en el Concilio de Elvira, la de las basílicas rupestres y los anacoretas mozárabes en la Tebaida de Valle-Niza.
Por entonces ya existían en los reinos cofradías dedicadas al culto de la cruz y de la preciosa sangre del Redentor, de manera que no ha de extrañar que las primeras fundaciones penitenciales siguieran ese patrón.
La Archicofradía de la Sangre de Málaga se funda entonces, entre la conquista y el cambio de siglo, unida, si no en su fundación, al menos en su primera andadura, con la Orden Mercedaria, llegada en 1499. Se funda en una ciudad que se rehace de la guerra, que pone a Ciriaco y Paula en su escudo y se esfuerza hasta recuperar su floreciente comercio.
Fueron Llordén y Souviron los que, en el Archivo Histórico Nacional, encontraron las Constituciones de 1507, la fecha cuyo quinto gozoso centenario hoy celebramos; pero el valiosísimo texto hace referencia a una vida anterior de esta fraternidad, ya que afirman que la procesión debía celebrarse todos los Jueves Santos de cada año “como ha sido uso y costumbre”. Con lo que estamos ante uno de los fundamentos de la Semana Santa malagueña sin lugar a dudas. Seguramente el origen de la archicofradía estuviera en los disciplinantes que iban realizando su penitencia acompañados por los hermanos de luz. No sólo la historia sino también la leyenda están en los orígenes de esta más que ilustre y cinco veces secular corporación nazarena.
Su historia parte de ese texto, transcrito con motivo de unas adiciones y reforma que se le hizo en 1790. Ha sido investigado y comentado, la propia Agrupación de Cofradías ha publicado un completo estudio de Francisco José González Díaz. Es un texto normativo, de disposiciones y formalidades, de meridiana claridad en sus añejas expresiones, y a la vez conmovedor porque transparenta la dura realidad de la época.
Esas Reglas de 1507 son algo más que un importante documento histórico, jurídico y religioso.
Para vosotros, Archicofrades de la Sangre, son como el pergamino de una ejecutoria de noble antigüedad, que os pone ante vuestros orígenes, ante la voluntad de aquellos fundadores de ordenar la convivencia con los ojos puestos en la salvación de las almas. Os pone ante la esencia de vuestra espiritualidad y de vuestro compromiso, por más que la lengua haya cambiado o hayan cambiado las circunstancias históricas. Estos quinientos años de fidelidad y perseverancia deben infundiros un limpio orgullo.
Y para todos los malagueños suponen la emoción de sorprender un retrato vivo y espontáneo no sólo de la sociedad de aquella Málaga, de sus penurias y de sus carencias, sino sobre todo de los sentimientos cristianos de aquellos cofrades y de su compromiso de evangelizar, y de ayudar a pobres y a enfermos. Suponen el reconocimiento de lo que la Archicofradía de la Sangre ha sido, sigue siendo después de cinco siglos y seguirá siendo para el cristianismo de Málaga. Y suponen también la ocasión de expresarle la gratitud por haber contribuido con su corazón y su esfuerzo a la belleza, a la solidaridad, a los ideales de esta ciudad que enamora y desborda.
La Archicofradía tuvo asentamiento desde el comienzo, con distintos avatares, en el convento de la Merced, cerca de la Puerta de Granada, con capilla en su primera iglesia y también en el templo cercano edificado en el s. XVIII, cuya noble fachada –recordada en la casa hermandad, y presente en la memoria de muchos malagueños, como yo- fue durante muchos años doloroso testigo de los penosos sucesos de 1931.
El análisis de estas reglas es muy importante para conocer los orígenes de la Semana santa malagueña. Se inician, como era natural, con la profesión de fe que supone la invocación de la Santísima Trinidad. La corporación se denomina Santa cofradía de la Sangre de Jesucristo de la ciudad de Málaga. Son normas de carácter imperativo. El objeto de la cofradía es servir a Dios y a los hermanos y para ello toman como mediadora a la Virgen María y lo hacen por su bondad de Madre.
Se solicitan a Jesús ánimo y fortaleza para cumplir con estas reglas que regulan el aspecto más importante de la vida, el que se refiere a los negocios del alma.
La primera regla se refiere a la junta de gobierno y se establece que habrá un prioste, dos mayordomos, dos diputados y dos alcaldes que se nombrarán el segundo día de Pascua Florida de cada año. El procedimiento de elección no era abierto ya que el prioste y los mayordomos salientes proponían cuatro nombres. Se votaban, y los que conseguían más votos quedaban como nuevos mayordomos y los dos que conseguían menos quedaban como nuevos alcaldes.
La regla décima es la más interesante en lo que se refiere a la procesión, que saldría en la noche del Jueves Santo para recorrer las estaciones de la vía dolorosa. El recorrido era: iglesia de la Merced, Victoria, Santiago, iglesia madre (catedral), san Juan, Mártires y regreso a su capilla.
La imagen del crucificado saldría en rogativas, con sus luminarias, cuando hubiera sequía –esterilidad de agua, dice el texto- lo que es claro indicio de que era una advocación con arraigo popular. En ese mismo sentido puede interpretarse el nacimiento de la conocida leyenda del origen milagroso y marinero del Cristo de la Sangre, relatada por Diego Vázquez de Otero.
Se distinguían los hermanos de sangre, que pagaban treinta y seis maravedíes, y los de luz que aportaban dos reales cada uno, en calidad de limosnas y por eso se especifica que cada hermano recibe un cirio de la Cofradía, y ha de devolver lo que no se queme. Se mandaba celebrar con la solemnidad acostumbrada la fiesta de la Santa Cruz el tercer día de mayo. Ese día se traían a la Merced el estandarte y la cruz de la cofradía que estaban depositados en San Juan. En las reglas se obliga a la hermandad a dar de comer a los presos de la cárcel los terceros viernes de cada mes y todos los de cuaresma.
Las reglas no tienen estructura temática y van regulando los asuntos sin orden específico. Los hermanos, por ejemplo, no podrán jurar ni hablar en voz alta en los cabildos bajo pena de multa; a los hermanos enfermos había que visitarlos cada tres días; en la visita se le debía hacer meditar para prepararse para bien morir. Si el cofrade fuera muy pobre se le daba dos reales en cada visita. Se tenía que velar y consolar al moribundo. Y algo más admirable: se dispone el acompañamiento de los hermanos con su insignia y la manda de cinco misas no solamente cuando fallece un cofrade, sino también en el entierro de “cualesquiera persona que a la hora de su muerte se encomendare a la Sangre de Jesucristo y a esta Santa Cofradía”. Es, me parece, una actualización, a la medida de la Málaga de entonces, de las obras de misericordia.
Cuando en 1790, tras una vigencia de casi tres siglos, se reformaron las Constituciones, hubo renovaciones de interés, pero sin afectar al espíritu de la Archicofradía. Se establece, por ejemplo, que la hora de salida de la procesión del día de Jueves Santo sea entre las tres y las cuatro de la tarde, para ganar en seriedad, devoción y majestuosa solemnidad y se fijan los puestos y los usos. Se crea –y esto me parece importante- un nuevo puesto de archivista, lo que revela la complejidad que iba revistiendo el manejo y custodia de sus documentos.
Y precisamente la documentación de su valioso archivo demuestra que la cofradía tuvo una vida muy intensa a lo largo de los siglos. Así en 1589 se firman acuerdos con la comunidad mercedaria con los que básicamente se regulaba la asistencia de los frailes y de la cofradía en determinados actos de cada una. En 1606 el obispo Juan Alonso Moscoso destacó la importancia de la Sangre y de la Vera Cruz entre las cofradías malagueñas. Los documentos desgranan sus noticias y hablan de compra de cera, de donaciones para misas, de últimas voluntades, de bulas y de privilegios como el breve de 1677 de S. S. Inocencio XI, por el que se obliga a que el guión de la hermandad presida cualquier procesión en la que se encuentre. A finales del XVII la cofradía compró una capilla a la comunidad. En 1831 se adquirió un panteón con dieciséis nichos en el nuevo cementerio, el de San Miguel.
A mediados del s. XIX la Sangre vivió nuevos momentos de esplendor, atribuidos a la labor de Jorge Gross y Lund como Hermano Mayor, con un notable aumento de cofrades, entre ellos el obispo Cascallana. A la influencia de Gross se acude para explicar que Isabel II renovara el antiguo privilegio que ostenta el guión de la Archicofradía.
Sabemos que en 1857 la procesión fue muy brillante, con nutrido cortejo y acompañamiento militar, con música y con guardia romana y que en 1858 se estrenó una dolorosa que iba abrazada al pie de la cruz, la de Antonio Gutiérrez de León. El conjunto, muy dramático, tuvo mucho éxito en la calle.
Pero el final del culto externo sumió a la Sangre, como a las otras cofradías, en un largo periodo de silencioso culto interno y de decadencia del que la sacó Antonio Baena, sobre cuya figura quiero volver enseguida, cuando entró como Hermano Mayor.
En el siglo veinte la primera salida fue en 1919 y un folleto afirmaba que la cofradía volvía a la calle después de sesenta años de no hacerlo gracias al esfuerzo de la Asociación Profesional de esta invicta y venerable Archicofradía. Se trataba de una escena de Calvario sobre un trono pequeño, obra de José Benítez Oliver y bastante sencillo con cuatro arbotantes bajos en las esquinas y cuarenta y cuatro luces de acetileno.
Seguramente esta hermandad fue una de las que más cambió su estética hacia un modelo de grandiosidad y lujo dentro de la tendencia general de la época.
La imagen más antigua del Cristo, según Temboury, fue labrada en 1604 y pese a la falta de datos, gracias a los documentos gráficos conservados se ha podido estudiar y describir como un Cristo con elementos del manierismo en su última fase y las primeras formas del barroco; una imagen dentro de la órbita de la escuela granadina a la que Málaga perteneció por razones históricas. Era un Cristo muerto, con los ojos y la boca entreabiertos. La cabeza se inclinaba serenamente sobre el torso, bien anatomizado y vuelto hacia la derecha, mientras que las piernas se orientaban a la posición contraria para dar ese contrapunto muy del gusto manierista que buscaba un cierto artificio en la composición. Agustín Clavijo lo atribuyó a Pablo de Rojas o a su círculo. La prensa de entonces, deseosa de dar lustre a las cofradías con atribuciones cuanto menos pintorescas, afirmaba que era obra de Alonso Cano.
En el trono iba acompañado por tres imágenes: la Virgen, San Juan y la Magdalena. El San Juan era de Antonio Gutiérrez de León y la Magdalena de autor anónimo, ambas del último tercio del XIX. La calidad de las dos no tenía nada que ver con la de la Dolorosa, de Antonio Gutiérrez de León. Esta aparecía derrumbada a los pies de la cruz, con las manos en el regazo, con la mirada baja. Su posición contrastaba con las de sus acompañantes. El conjunto poseía un cierto tono de estupendo anacronismo. Imaginemos la plaza de la Merced con la iglesia del antiguo convento en lugar del bloque de pisos que ocupa el solar. Cae la tarde y la centuria romana que acompañaba a la cofradía se va abriendo paso. El trono sale a la calle y era la historia de una Semana Santa que ya por los años veinte cambió de modelo la que se nos ofrecía
Es necesario ahora detenerse en la figura de Antonio Baena, hoy mejor conocida gracias a la biografía de Juan José Salinas. Fue un malagueño emprendedor, de origen muy humilde, constructor, entre otros del edificio del Ayuntamiento. Alcanzó una gran fortuna y fue un personaje clave en la Semana Santa de los años veinte, el hermano mayor que llevó a la Archicofradía a una brillantez singular. Fue presidente de la Agrupación de Cofradías que se fundó en 1921 y rehizo completamente a la Archicofradía aplicándole el modelo al que se aspiró en aquellos años para que la celebración fuera, además, un atractivo turístico que atrajera visitantes a la ciudad. En aquellos años, en aquella década prodigiosa, se desarrolló con esplendor extraordinario el modelo de Semana Santa que seguimos teniendo como horizonte del imaginario cofrade.
El nuevo modelo rompía el intimismo de siglos para lanzarse a una carrera, una verdadera competición entre las cofradías, para ver cuál era más impactante en la calle. La emulación fue máxima entre la Sangre y la Esperanza que rivalizaron hasta extremos insospechados. En 1920 el trono se amplió por obra de Antonio Barrabino. En 1922 el cambio será de mucho mayor calado hasta el extremo de que se cambió la escena pasionista representada, al incluir a Longinos, a caballo, atravesando el costado de Cristo. Se unieron también las figuras de María Cleofás y María Salomé y se logró un nuevo y nunca visto grupo de gran calidad en su conjunto para el que el trono se tuvo que agrandar.
En la Semana Santa de 1924 se cambiaron las imágenes que acompañaban a Jesús. Se encargaron al imaginero sevillano Francisco Marcos Pintado las de la Dolorosa, María Magdalena, San Juan y María Salomé; lo más llamativo era la imagen de María Magdalena abrazada con gran tensión dramática a los pies de la cruz, contrapunto de la Dolorosa, expresaba un dolor contenido mientras que María Salomé la consolaba. Eran figuras de calidad que, lógicamente, contrastaban con el manierismo tardío del crucificado.
Baena, a la vista del acierto que el sevillano Luis de Vicente había tenido con los nuevos tronos del Nazareno del Paso y de la Esperanza, encargó al mismo artista el nuevo trono del grupo, con un resultado muy notable. En la Semana Santa de 1928 aún lo hizo más vistoso con la incorporación de veinte angelitos alados que se repartían entre las curvas y daban un gran dinamismo al conjunto. La calle se volcaba en las salidas de la Sangre.
A lo anterior hay que añadir el privilegio, concedido por Alfonso XIII, de llevar en la procesión el pendón morado de Castilla escoltado reglamentariamente por el ejército. En las fotos de aquellos años se puede ver a Antonio Baena delante de su cofradía, la que con tanto amor y empeño había vuelto a poner en la primera línea de las hermandades malagueñas.
En fin, 1929 se adquirió la bella imagen de la Dolorosa que fue bautizada como de Consolación y Lágrimas. Pocos títulos más hermosos para una advocación mariana. Se relacionó la talla con el taller de Fernando Ortiz y era una imagen de singular belleza. El rostro de la madre era la expresión de la serenidad doliente, un prodigio de elegancia y patetismo. Era el bello rostro al que José Luis Estrada dedicó estos versos ya en 1970:
Nos da tu llanto, María,
Un río de desconsuelo
De esos tus ojos de cielo
Con luces de pedrería.
Y naufraga tu agonía
De torre esbelta y serena,
Veleta de gracia plena
En cielo verde y suave.
Con tu corazón de ave,
Tu mano es nido de pena.
Esta imagen es la actual, aunque modificada por el imaginero Álvarez Duarte en 1972.
El trono fue también de Luis de Vicente. Las barras se disponían con originalidad y el palio era un exceso de bordados, escudos y ángeles. Los arbotantes eran muy altos y junto con el de la Esperanza eran el máximo ejemplo del modelo de suntuosidad que se paseaba por las calles de Málaga. A todo lo anterior había que añadir el cromatismo de las túnicas.
Tras el fuego, tras la tragedia, la reconstrucción, el volver a empezar, el renacer como Ave Fénix
Hoy, el crucificado de la Sangre es una soberbia imagen de Paco Palma Burgos. Sus brazos abiertos reflejan la tensión de la muerte, forman con el madero el triángulo perfecto que es el ojo de la divinidad hecha hombre que sufrió y murió por todos. Las imágenes acompañan el instante supremo de la consumación de la tragedia. Nos encontramos ante uno de los grupos más importantes de la Semana Santa, ante uno de los tronos más nuestros y es justo nombrar a Rafael Ruiz Liébana. Él supo en 1995 crear otro galeón para la flota particular de nuestras naves que surcan las calles en cada escena del teatro pasionista.
Creo que los versos de José Luis Hurtado de Mendoza expresan muy bellamente el instante representado.
El río quedó atrás y es el Calvario
La fuente roja del perdón divino.
Ganó al Jordán el Gólgota y Longino
Se apresta ecuestre al rito funerario.
De añeja profecía, el legionario,
Ignorante instrumento, sigue el sino
Que el Padre le marcara. En su destino
De la muerte de Dios es fedatario.
¡Mira, que el agua sola no nos basta!
¡Mira, que son ya siglos de pecado!
¡Mira, que son ya siglos de esperanza!
Refrena tu caballo, empuña el asta,
Y pues la Sangre cae desde el costado,
Que nos lave al romperlo con tu lanza.
La Archicofradía –se ha dicho- es mucho más, sus matices son infinitos, como lo es el amor de sus hermanos. Sus glorias, sus honores, toda esa belleza conseguida, que sólo puede ser fruto del amor, y el estremecimiento de Málaga a su paso en el renacer de cada primavera, son sólo la aureola deslumbrante de esta hermandad que ha vivido las penas y los éxitos de esta ciudad, sus catástrofes y su siempre reconquistado esplendor, con entrega y esfuerzo, mientras iba construyendo un sólido edificio de fe, humildad y trabajo.
Cinco siglos de historia de la Sangre, de fidelidad a su secular tradición, hasta llegar a la extraordinaria realidad de una Archicofradía ejemplar en su vida nazarena y en su vida de abnegación ante los que más lo necesitan. Cinco siglos unida indisolublemente a Málaga.
He dicho.