Calle Laraña. Llegamos al templo de la Anunciación y allí estaba Él. Desde la calle todos los transeúntes podían contemplar al Hijo de Dios coronado de espinas.
La Anunciación se transformo casi dos mil años después nuevamente en el pretorio. Velas escoltaban al Señor como sayones castigaban al redentor y con clámide, caña y corona de espinas, sobrecogió los corazones en el centro de Sevilla.
En un templo donde no se sabe muy bien a donde mirar por todo lo bueno que rodea al espectador, el Señor de la Coronación era el protagonista del día. A la izquierda del espectador, la Virgen del Valle y el Nazareno, a la derecha, el Amor, Socorro y Borriquita.
Si de espinas lo coronaron, en Sevilla de besos lo colman, mientras imparte su magistral lección de amor y humildad, y el corazón se estremece cuando cara a cara te encuentras frente a Él, tras besar sus benditos pies
Bien sabe tu Madre, Reina del Valle, que mientras eres objetivo de escarnio en el pretorio, todo tu pueblo quisiera consolar tus penas y enjugar la sangre de tu divina cara.