El aljarafe sevillano es un punto sin igual para encontrarnos con una enorme diversidad de celebraciones religiosas con un carácter marcadamente propio y original. Así lo ha sido una vez más en este pasado día 29 de octubre con la salida ordinaria y contemplada por reglas de la imagen de Nuestro Padre Jesús, talla ya de por sí particular y de gran personalidad, como bien definíamos antes tantas celebraciones de esta acogedora comarca.
El nazareno, talla atribuida a la escuela antequerana, probablemente obra de entre finales del siglo XVII a principios del XVIII presenta entre otras particularidades: el hecho de portar la cruz cargándola en el hombro derecho, contraria a lo usual; peluca natural, contraria a la moda impuesta al respecto de las cabelleras talladas en la gran mayoría de la provincia sevillana; se orla con corona de espinas en orfebrería dorada en vez de la habitual corona de espinas tallada en el bloque o superpuesta habitual. Si la talla ya de por si es suficientemente peculiar, no lo es menos el hecho de procesionar cargado sobre los hombros de 24 portadores, que si bien caminan bajo las directrices habituales del andar sevillano, nos hacen recordar que hay otras maneras de procesionar dignamente una imagen sin recurrir al costal necesariamente. Para añadir más hechos singulares, observemos el calendario y la fecha, ajena a la habitual para procesionar una talla pasionista, amen de estar el hecho contemplado por reglas y no procesionar la bella imagen del nazareno en la Semana Santa de Aznalcázar. El acompañamiento de numerosísimas mujeres portando luz, muchas de ellas descalzas no nos hace más que corroborar la devoción que la talla despierta. Cerrando el cortejo, ataviados con el hábito nazareno y antifaz sin cartón, dos hermanos con cirio escoltan a un tercero que porta cruz de penitente.
Espléndido en cuanto al acompañamiento por parte del pueblo estuvo el acto, así como resulta de alabar la seriedad ante el paso del cortejo contemplada por los asistentes, dentro de un ambiente distendido claro está. Noche suave y primaveral, de esa primavera engañosa que a veces se disfruta en octubre y crea añoranza, con alguna que otra nube ocultando las estrellas, pero sin rastro de viento.
Los sones que acompañaron a la talla corrieron a cargo de la Agrupación Musical de la Salud, perteneciente hasta hace recientes fechas a la corporación sevillana de los Gitanos. Su interpretación estuvo en todo momento a un altísimo nivel, digno de una banda que podemos contar entre las grandes pues bien lo demuestran donde se debe, en la calle como anoche bien hicieron, dando además un gran ejemplo de honradez y saber hacer, desgranando marcha tras marcha sin que parecieran acusar cansancio alguno en la calidad de sus sones, dada la enorme cantidad de interpretaciones que pudimos oír a lo largo de las más de cuatro horas que estuvo la imagen del Nazareno en las calles. Todo un ejemplo de comportamiento para otras bandas de la capital en cuanto al tratamiento a dar a las localidades donde les llevan sus contratos.
Mucha devoción y fe, calles repletas y el cariño de una localidad palpable en el ambiente, así como en la numerosa cantidad de azulejos con la efigie del nazareno fácilmente contemplables, también visible en fotografías de tan devota talla sobre el dintel del zaguán de tantas y tantas casas. Luminarias y aparato pirotécnico en alguna que otra esquina del hermoso recorrido, habitual gesto este en las localidades aljarafeñas, aunque a quien estas líneas redacta nunca le resultará un acompañante adecuado de un acto cofrade, y aun menos en la cercanía de una masa de personas ante el peligro que ello supone. En definitiva y como reflexión final, todo un ejemplo esta salida de Nuestro Padre Jesús que nos muestra que la devoción no entiende de formas y maneras externas, solo entiende de dignidad a la hora de ser expresada en la calle y esta dignidad va mucho más allá de riquezas ornamentales, boato procesional o sones musicales: esa dignidad la da un pueblo y la dan los devotos de una imagen con su propia actitud y con la seriedad con que cada cual desempeña su papel en el todo conjunto que compone un acto como el vivido en Aznalcázar.
Texto y fotografías:Rogelio Rubio Segura